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| RESUMEN:
Aproximación analítica al tema de la identidad y
su relación con el proceso de modernización en América
Latina, a partir del abordaje de las propuestas planteadas por:
a) José Bengoa, que mira la modernización como ruptura
de la identidad; b) Leopoldo Zea, que asume la problemática
identitaria como yuxtaposición cultural; c) Pedro Morandé,
que plantea la modernidad como elemento inherente en el proceso
de sincretismo cultural; d) Brunner, que polemiza los discursos
de la identidad frente al ámbito concreto de la modernidad;
e) García Canclini que, desde su teoría del hibridaje
cultural plantea la coexistencia -no necesariamente antagónica-
de lo tradicional y lo modemo; f) Larraín, que considera
la modernidad como fundamento de la pluralidad de identidades; y
g) Stavenhagen, centrado en la identidad indígena y el proceso
de colonialismo interno -
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| TEMA:
La modernidad como disolución de la identidad
pp. 36-38
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José Bengoa: la identidad latinoamericana está
marcada por la desesperanza frente al generalizado estado de alienación
cultural en que se encuentra nuestro continente o su cultura dominante.
Chile corre el riesgo de no ser nada, encontramos en nuestras experiencias
la oposición entre modernización irreflexiva e identidad.
Pareciera muchas veces que se rompen o se están rompiendo los
últimos años que unían a los hombres entre sí,
a los hombres y mujeres con la tierra, con su tierra, con la naturaleza
en la que se vive, en la que vivieron nuestros padres y abuelos. La
modernidad revela sus aspectos más perversos, donde la igualdad
aparece deformada en su pura exclusiva formalidad, la libertad como
consumo, como capacidad de elegir entre los objetivos del mercado,
y la soberanía del pueblo como sistema de manipulaciones estudiado
por el Marketing.
La modernización es, por su propia naturaleza, un proceso de
ruptura, de desvalorización creciente de todo lo anterior que
queda sometido a la categoría despreciable de tradicional,
o simplemente viejo, obsoleto, pasado de moda, no moderno. No es cualquier
tipo de modernización, globalización o inserción
mundial la que perjudica a nuestra identidad, sino una bien específica:
la modernización que no asume sus raíces y trata por
todos los medios de ocultarlas. Modernización ideológica,
puesto que oculta e invierte, en sus discursos sobre el orden y progreso
de nuestras sociedades, el hecho de que el país (Chile en este
caso), mirado desde la base real de su sociedad es mayoritariamente
premoderno, tradicional, tercermundista, atrasado.
Para Bengoa nuestra cultura se expresa en la capacidad de vivir el
tiempo de nuestras vida con un cierto ritmo. Esa es la influencia
de nuestras calenturientas o frías tierras, de nuestros depósitos
indios y sedimentos negroides, de los ancestros andaluces, sobre todo
con raíces moras. Ese tiempo es el de la sociabilidad, del
reírse, este tiempo latinoamericano, constituiría un
eje fundamental de nuestra identidad profunda, esa que ha sido negada
por las minorías impulsoras de identidades imaginarias, que
son las únicas que se han transnacionalizado, mientras la mayoría
sigue con el curso normal de sus vidas, carentes de todos los avances.
La oposición entre una América Latina imaginada por
las minorías dirigentes y la América Latina profunda,
presente en las mayorías, reproduce la matriz de las relaciones
prevalecientes desde hace 500 años en nuestro continente entre
la civilización meso y sudamericana indígena y la europeo
occidental, y entre sus respectivos proyectos de sociedad. Sólo
la resistencia ante el invasor puede mantener vivo nuestro ser más
genuino como latinoamericanos.
La ecuación latinoamerica profunda = cultura indígena,
tendría expresión multiforme en las diversas dimensiones
de la vida cotidiana de nuestros pueblos. La Identidad es el elemento
de continuidad cultural y la Modernidad, la ruptura. ¿Cómo
superar esa ruptura o cómo modernizarse con continuidad cultural?.
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| SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año
21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.
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| TEMA:
América Latina como yuxtaposición de culturas.
pp. 39-40
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Leopoldo Zea: asume el encuentro entre la cultura española
y la indígena como una superposición de la primera sobre
la segunda. La historia cultural de América Latina sería
la historia de la acumulación y yuxtaposición sucesiva
de distintas capas culturales de existencia simultánea, paralela.
La identidad originaria indígena quedó cubierta por
las otras capas, de modo que el descubrimiento de nuestra identidad
cultural actual, lejos de la vuelta al origen, está en la búsqueda
constante de la síntesis de las capas que le fueron superpuestas
La identidad, más que un lugar fijo de origen, es un proyecto
original a desarrollar, un futuro de continente y no un pasado petrificado.
Zea afirma que la particularidad de América Latina es que posee
una cultura surgida de la unión -no asimilación- de
la cultura propia de esos hombres. Cultura de expresiones encontradas
y que, por serlo, lejos de mestizarse, de asimilarse, se han yuxtapuesto.
Yuxtaposición de lo supuestamente superior sobre lo supuestamente
inferior.
El origen de todo está en la forma de dominación impuesta
por la colonización europea a esta América. Los conquistadores
españoles trajeron una cultura que se considera superior, que
no puede asimilar otras culturas ni ser asimilada, la cultura cristiana.
Lo que se reproduciría en la segunda ola conquistadora, en
América del Norte, fue una superposición de una cultura
sobre otra. Sin embargo, pese a esta actitud, el mestizaje igual se
lleva a cabo, y esa es, según Zea, la particularidad cultural
que marca nuestra identidad, lo que ocurre es que esa mixtura ha sido
encubierta por otras sucesivas superposiciones culturales, por lo
que se subentiende que cualquier intento serio de entender nuestra
identidad debería partir de ese hecho básico: asumirlo
y no encubrirlo, el encubrimiento genera un conflicto interno en el
mestizo que se ve acentuado por la actitud española hacia él.
Para Zea, América son sus indios, los conquistadores de éstos,
los libertadores luchando por poner fin a la conquista, los conservadores
afanosos por mantener el orden que habían heredado, los civilizadores
queriendo saltar sus propias experiencias. América es un crisol
de culturas que se ha impuesto a la supuesta superioridad de las culturas
que se le quisieron imponer.
De esta manera, para Zea, la modernidad no puede ser vista como un
proceso de pérdida o desintegración de nuestra identidad,
sino como un proceso de enriquecimiento de una identidad en construcción.
Cultura que en vez de desdibujarse, va tomando cuerpo expresando su
identidad. 3
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| SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año
21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51. |
| TEMA:
Identidad barroca [y católica], modernidad ilustrada como
proyecto ajeno
pp. 40-42
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Pedro Morandé. Parte del hecho fundante que
señala Zea, el descubrimiento y conquista de América
por los españoles, pero no piensa que exista un encubrimiento
de la mezcla, sino que la identidad latinoamericana radica precisamente
en esa mezcla original que se produce aquí entre español
e indio, el mestizo, cuya síntesis originaria se produce ritualmente
y en la oralidad, y que contiene elementos barrocos y católicos
que conformarían nuestra síntesis cultural o matriz
fundamental. A juicio de Morandé la pregunta por la cultura
y la identidad tiene que ver con la preocupación por la morada
común, la cual se construye desde la memoria que le ha dado
origen. La identidad latinoamericana se forma a partir del encuentro
originario entre los valores culturales indígenas y la religión
católica. La síntesis cultural iberoamericana se constituyó
de modo ritual, por el encuentro en espacios simbólicos compartidos;
ello implicaría que la síntesis barroca y mestiza de
la cultura iberoamericana no se realizó desde la escritura,
sino desde la cultura de la imagen.
Morandé se centra en las continuidades y elementos comunes
que se mezclan en nuestro sincretismo y observa que tanto las prácticas
cúlticas como las indígenas se basaban en el sacrificio
ritual llevado a cabo en templos o lugares consagrados. La liturgia,
el teatro, las fiestas religiosas, el sentido de la temporalidad,
el carácter tributario del trabajo, todos ellos son elementos
comunes a ambas culturas, y son ellos los que conformarían
nuestro espacio compartido de eticidad, nuestro ethos. Nuestro ethos
cultural tiene un sustrato católico y barroco, y su expresión
privilegiada sería la religiosidad popular.
Los proyectos modernizadores de nuestras élites han fracasado
hasta ahora porque intentan seguir un patrón modernizador ilustrado,
diferente de lo moderno barroco nuestro. La ilustración no
penetró profundamente en el suelo americano porque faltaban
las condiciones sociológicas para ello, fue un movimiento que
afectó fundamentalmente al criollo y no al mestizo y tuvo las
dificultades propias de un movimiento cultural que no surge como necesidad
de parte del sujeto histórico real sino que se impone a un
sujeto artificial. El mestizo ha sido dejado de lado por proyectos
desarrollistas importados con categorías ajenas a la nuestra.
Sin embargo la modernidad que se ha universalizado corresponde a un
intento hegemónico de un tipo particular de modernidad proveniente
de la Ilustración.
Iberoamérica debe ser considerada moderna desde su nacimiento,
es decir, desde el momento de la primer síntesis cultural entre
las tradiciones culturales amerindias y las europeas, que se produjo
por efecto de la conquista y evangelización de América.
Lo que se trata es de hacer conmensurables la modernidad y la identidad
cultural.
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| SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año
21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.
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| TEMA:
La identidad como puro discurso, la modernidad como realidad
pp. 42-44
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Brunner: las identidades colectivas pertenecen a esa
clase de objetos que son creados por la manera como la gente habla
de ellos. En verdad, tales identidades carecen de sustancia, no están
afuera, como algo que pudiéramos aprehender, su sustancia son
discursos, interpretaciones. No existe una identidad latinoamericana,
que permita entender homogéneamente al continente más
allá de sus diferencias y que tenga una fuente privilegiada
[los pueblos indígenas, la religiosidad popular, el mundo rural]
La realidad sobrepasa a esos discursos y se muestra como diversidad
creciente producto de una modernidad que, cada vez más, se
abre paso, por la vía de la escolarización masiva, la
democratización política y la constitución de
un mercado institucionalizado de bienes simbólicos culturales,
cuya vía privilegiada son los medios de comunicación
de masas, en especial la televisión.
Las culturas de América Latina no expresan un orden sino que
reflejan en su organización los procesos contradictorios y
heterogéneos de conformación de una modernidad tardía.
De ello se desprende que nuestra modernidad primero difiere de la
europea en cuanto al momento histórico en que ocurre, pero
que no existe aquí una lógica o racionalidad alternativa
a la razón instrumental supuestamente de Europa; la segunda
diferencia está en el hecho de que en América Latina
la modernidad ha nacido no de la cabeza de los modernizadores y de
la irradiación de sus ideas en las cabezas de sus contemporáneos,
sino mediante la operación de los aparatos culturales que la
producen, incluso a espaldas de nuestros intelectuales. Si esto es
y ha sido así, no se ve por qué en el caso de la identidad
no debiera ocurrir lo mismo; es decir, la identidad se constituyó
desde la misma realidad que es diversa, plural y heterogénea.
La observación de Brunner sobre los discursos de identidad
es aplicada tanto a las visiones épicas de la identidad producidas
desde la literatura, a los retratos de los historiadores y ensayistas
que señalan que nuestra identidad consiste en una constante
búsqueda y evolución hacia lo que somos, y a las miradas
provenientes desde el ámbito de las ciencias sociales, que
se han referido a la identidad como crisis. Estos discursos sobre
la identidad no están a salvo de la presión de la modernidad.
Según Brunner, pronto serán sustituidos por otras formas
de hablar y crear identidades, proporcionadas a través de los
medios de comunicación y los múltiples otros lenguajes
que se generan con la vida urbana, con los movimientos del mercado
cultural, y con las nuevas formas de inserción de los países
en la economía del mundo. Nuestra cultura sería un collage
de culturas, e irá siendo cada vez más un collage de
identidades. |
| SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año
21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51. |
| TEMA:
Modernidad, postmodernidad e hibridaje cultural.
pp. 44-45
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Nestor García Canclini: la identidad es una construcción
que se relata, en la cual se establecen acontecimientos fundadores,
casi siempre referidos a la apropiación de un territorio por
un pueblo o a la independencia lograda enfrentando a los extraños.
García Canclini comparte la visión de que, más
que identidad, hay identidades y pertenencias múltiples que
dan lugar a culturas híbridas. América Latina no tendría
una identidad sino varias. Este fenómeno tiene estrecha relación
con el advenimiento de una cultura postmoderna que multiplica las
imágenes posibles y al hacerlo, multiplica también los
espacios identitarios, puesto que la identidad encuentra su lugar
privilegiado en la cultura visual. El advenimiento de la postmodernidad
en América Latina implica, en García Canclini, que nuestra
cultura se dejaría reconocer como cultura híbrida, en
la cual coexisten culturas étnicas y nuevas tecnologías,
formas de producción artesanal e industrial, el artesano y
el artista, lo tradicional y lo moderno, lo popular y lo culto, lo
local y lo extranjero. El postmodernismo no es un estilo, sino la
copresencia tumultuosa de todos.
Así, García Canclini menciona los polos opuestos que
conviven híbridamente en nuestro continente, pero no lo hace
recalcando el histórico antagonismo que se supone entre ellos,
sino más bien su híbrida: coexistencia y no necesariamente
enfrentamientos. Sostiene que los conflictos culturales se generan
por los intentos de los grupos de interés por imponer su visión
de la cultura y obtener así reconocimiento y apoyo de la sociedad
y del Estado. Una política democratizadora es no sólo
la que socializa los bienes legítimos, sino la que problematiza
lo que debe entenderse por cultura y cuáles son los derechos
de lo heterogéneo.
Por eso, lo primero que hay que cuestionar es el valor de aquello
que la cultura hegemónica excluyó o subestimó
para constituirse. Por el mismo hecho de que existen grupos de interés
que pretenden imponer sus valores culturales a toda la sociedad, habría
de intervenirse en favor de la diversidad, entendida no como un desvanecimiento
de lo que somos, sino como un logro histórico en pro de la
democracia social y cultural. Se advierte, en este sentido, que una
política cultural democrática no debe olvidar las condiciones
del escenario postmoderno donde se generan los ritos de cultura que
pierden sus fronteras, en este simulacro perpetuo que es el mundo.
Es decir, por defender la diversidad, jamás habría de
caer en comprensiones fundamentalistas de las diferencias identitarias
sino, más bien, despejar toda consideración de la identidad
como esencia profunda de nuestras culturas. |
| SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año
21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51. |
| TEMA:
Hablar de identidad
pp. 45-46
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Hopenhayn Martin. Tiende a radicalizar la comprensión
de la identidad como pluralidad y diversidad de imágenes y
discursos identitarios hacia una visión del postmodernismo.
Según él, los grandes motores del cambio cultural moderno
en América Latina han sido la escuela, la ciudad y la televisión;
ellos han generado profundos efectos en el consumo simbólico
donde códigos, sensibilidades, dramas pasionales, conflictos
humanos y escalas de valores, se exponen y superponen en largometrajes
televisivos o radionovelas, salas de colegio y escaparates metropolitanos,
alcanzando públicos que han vivido por siglos con base en relaciones
de reciprocidad, sincretismos religiosos de larguísima tradición,
rituales ligados a los ciclos agrícolas y formas arcaicas de
supervivencia. Este es el dilema cultural básico que afecta
a la identidad.
Uno de los efectos importantes de la globalización sobre las
culturas particulares consiste en que el nivel de modernidad en el
mercado se define cada vez más por la forma que por el contenido.
Esto mina las identidades culturales, desestabiliza visiones de mundo
y potencia el mestizaje cultural a grados imprevistos: no ya el mestizaje
como sincretismo o cruce de dos códigos culturales, sino como
juego creativo, nuevo invento para el mercado cultural.
La misma flexibilidad de imágenes, códigos, lenguajes
y reglas que forma parte de la tecnología del video juego,
de los juegos de computación o de la transmisión de
imágenes virtuales, desencadena un estado de metamorfosis continua
de imágenes, símbolos y tradiciones. La identidad queda
reducida a un video clip, imágenes fugaces que se ofrecen para
todo espectador. Uno de los cambios que introduciría esta nueva
dinámica de configuración de identidades es la combinación
de tiempos y espacios diversos en formatos reducidos, tipo chips computacionales.
Pero esta exacerbación de tiempos distintos en un solo tiempo
no debe tener, necesariamente, un signo negativo, también revela
un tejido cultural de alta complejidad, riqueza y belleza. La cultura
latinoamericana se ha desterritorializado, descentrado, de manera
que no hay identidades que resistan en estado puro más de unas
horas ante la fuerza de estímulos que provienen de todos los
rincones del planeta. La estética del collage y del pastiche
no es casual. El descentramiento tiene su lado luminoso en la instalación
de la diversidad, pero también su lado impotente en la fragmentación
de los sueños colectivos. La señal estaría dada
por el fin de los metarrelatos omnicomprensivos y el inicio, en cambio,
de una era de juegos de lenguajes parciales y autorreferidos, todos
igual de legítimos. Y de esta lógica no escapa la identidad
cultural.
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| SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año
21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.
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| TEMA:
La identidad como discurso ideológico
pp. 47-48
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Jorge Larraín: hace referencia a las maneras
en que se producen discursos sobre la identidad. La identidad latinoamericana
es vista con cierto escepticismo; la verdad es que la mayoría
de las sociedades latinoamericanas no están culturalmente unificadas
y que, a pesar de algunas formas centrales de integración y
síntesis que indudablemente existen, las diferencias culturales
son todavía muy importantes. Tomando una distinción
de Anthony Giddens, las identidades se dan en dos polos:
a) Como conciencia discursiva [dimensión pública]. Las
versiones de identidad lo que harían es reducir la complejidad
de las múltiples y plurales expresiones culturales de la vida
social; los discursos públicos de identidad frecuentemente
quieren hacernos creer que existe sólo una versión de
la verdadera identidad. Se construyen normalmente sobre la base de
los intereses y visiones del mundo de algunas clases o grupos dominantes
de la sociedad, a través de una variedad de instituciones culturales,
como los medios de comunicación, instituciones educacionales,
religiosas y militares, aparatos del Estado. Tras estos discursos
hay elaboraciones ideológicas al servicio de los intereses
de ciertas clases o grupos de la sociedad . Todo intento por fijar
de una vez para siempre los contenidos de una identidad cultural se
pueden convertir fácilmente en formas ideológicas que
ciertos grupos y clases pueden ocupar en beneficio propio.
b) Como conciencia práctica (dimensión privada). Donde
se expresan medios de resistencia contra la dominación y la
exclusión.
Esta doble cara de la identidad, no hace más que mostrar la
ambigüedad inherente al concepto de identidad nacional que, por
una parte, puede servir para enmascarar la diversidad, por otra, puede
servir como medio de resistencia. No hay que sobrevalorar las versiones
públicas discursivas sobre la identidad; conviene enfocarse
también a las versiones locales privadas de la vida cotidiana,
puesto que es precisamente esa cotidianidad la que revela de mejor
manera el carácter ideológico de los discursos de identidad.
Con respecto a la modernidad, la tesis básica de Larraín
es que ella pluraliza las identidades. Sin embargo, actualmente las
condiciones culturales postmodernas estarían disgregando esas
fuentes de identidad hacia sectores más micro [género,
raza, etnia]. La postmodernidad es interpretada por Larraín
como la lógica filosófica del neoliberalismo, al favorecer
la incomensurabilidad de lo diverso, propiciando así la gestación
de discursos sobre identidad al servicio de los intereses de grupos
dominantes, que no pueden ser contradichos en nombre del respeto a
la diversidad.
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| SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año
21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51. |
| TEMA:
La identidad indígena y la cuestión del colonialismo
interno
pp. 48-49
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Rodolfo Stavenhagen. Reconoce un innegable origen colonial
del uso del concepto indígena. Simplemente son indígenas
los descendientes de los pueblos que ocupaban un territorio dado cuando
éste fue invadido, conquistado o colonizado por una potencia
o una población extranjera. Así, la invasión
y colonización de América en el siglo 16 marca el punto
de división entre indígenas (o naturales, o nativos,
o aborígenes, o indios) y europeos [o indianos, o criollo,
o blanco, o españoles, o ingleses].
El concepto de indígena conllevaría una conjunción
entre la idea de ocupante originario de un territorio dado, y de continuidad
histórica entre la población original y la que actualmente
se identifica como descendiente directa de ella, pero principalmente
estaría dado por la relación de dominación existente.
El discurso de la indigeneidad conduce a la denuncia de injusticias
históricas cometidas contra pueblos indígenas y al planteamiento
de derechos específicos que se derivan de esas injusticias.
Las reivindicaciones planteadas en términos de identidad indígena
conllevarían a un cuestionamiento al modelo clásico
del Estado nacional en América Latina y a la demanda de derechos
[humanos] específicos de los pueblos indígenas. Ambos
aspectos envuelven innegables cambios relevantes a nivel jurídico,
político y cultural en general. El Estado nacional en América
Latina excluye el reconocimiento de la diferencia indígena.
Replantearse el sentido del Estado nacional implica no solo decisiones
propiamente políticas conducentes a ampliar los grados de autodeterminación
indígena, sino también la cuestión de derechos
indígenas específicos, entendidos como derechos humanos,
de carácter colectivo.
En su sentido restringido la autodeterminación es considerada
con frecuencia como una secesión política por parte
de un pueblo con respecto a un Estado constituido, que de esta manera
ejerce su derecho a la libre determinación. Pero la autodeterminación
externa no significa necesariamente independencia política,
algunas veces supone negociaciones en igualdad de condiciones entre
un pueblo y el Estado al cual está conectado. El resultado
puede ser una nueva forma de convivencia política en el marco
de una unidad política diferente.
En cuanto a los derechos de los pueblos indígenas en tanto
derechos humanos de nuevo tipo Stavenhagen sugiere una conclusión
provisional: los derechos grupales o colectivos [indígenas]
deberían ser considerados como derechos humanos en la medida
en que su reconocimiento y ejercicio promueve, a su vez, los derechos
individuales de sus miembros.
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| SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año
21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.
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