Volver a fichas bibliográficas
IDENTIDAD

AUTOR

Secretaría Ejecutiva del Convenio Andrés Bello

TITULO

La cuestión de la identidad

 
EN

Revista Tablero Año 21 N° 57

 

EDITOR, LUGAR, AÑO y No. PAGINAS

SECAB, Bogotá, noviembre de 1997, pp. 33-51

 

RESUMEN:

Aproximación analítica al tema de la identidad y su relación con el proceso de modernización en América Latina, a partir del abordaje de las propuestas planteadas por: a) José Bengoa, que mira la modernización como ruptura de la identidad; b) Leopoldo Zea, que asume la problemática identitaria como yuxtaposición cultural; c) Pedro Morandé, que plantea la modernidad como elemento inherente en el proceso de sincretismo cultural; d) Brunner, que polemiza los discursos de la identidad frente al ámbito concreto de la modernidad; e) García Canclini que, desde su teoría del hibridaje cultural plantea la coexistencia -no necesariamente antagónica- de lo tradicional y lo modemo; f) Larraín, que considera la modernidad como fundamento de la pluralidad de identidades; y g) Stavenhagen, centrado en la identidad indígena y el proceso de colonialismo interno -

 

TEMA:

La modernidad como disolución de la identidad

pp. 36-38


José Bengoa: la identidad latinoamericana está marcada por la desesperanza frente al generalizado estado de alienación cultural en que se encuentra nuestro continente o su cultura dominante. Chile corre el riesgo de no ser nada, encontramos en nuestras experiencias la oposición entre modernización irreflexiva e identidad. Pareciera muchas veces que se rompen o se están rompiendo los últimos años que unían a los hombres entre sí, a los hombres y mujeres con la tierra, con su tierra, con la naturaleza en la que se vive, en la que vivieron nuestros padres y abuelos. La modernidad revela sus aspectos más perversos, donde la igualdad aparece deformada en su pura exclusiva formalidad, la libertad como consumo, como capacidad de elegir entre los objetivos del mercado, y la soberanía del pueblo como sistema de manipulaciones estudiado por el Marketing.
La modernización es, por su propia naturaleza, un proceso de ruptura, de desvalorización creciente de todo lo anterior que queda sometido a la categoría despreciable de tradicional, o simplemente viejo, obsoleto, pasado de moda, no moderno. No es cualquier tipo de modernización, globalización o inserción mundial la que perjudica a nuestra identidad, sino una bien específica: la modernización que no asume sus raíces y trata por todos los medios de ocultarlas. Modernización ideológica, puesto que oculta e invierte, en sus discursos sobre el orden y progreso de nuestras sociedades, el hecho de que el país (Chile en este caso), mirado desde la base real de su sociedad es mayoritariamente premoderno, tradicional, tercermundista, atrasado.
Para Bengoa nuestra cultura se expresa en la capacidad de vivir el tiempo de nuestras vida con un cierto ritmo. Esa es la influencia de nuestras calenturientas o frías tierras, de nuestros depósitos indios y sedimentos negroides, de los ancestros andaluces, sobre todo con raíces moras. Ese tiempo es el de la sociabilidad, del reírse, este tiempo latinoamericano, constituiría un eje fundamental de nuestra identidad profunda, esa que ha sido negada por las minorías impulsoras de identidades imaginarias, que son las únicas que se han transnacionalizado, mientras la mayoría sigue con el curso normal de sus vidas, carentes de todos los avances.
La oposición entre una América Latina imaginada por las minorías dirigentes y la América Latina profunda, presente en las mayorías, reproduce la matriz de las relaciones prevalecientes desde hace 500 años en nuestro continente entre la civilización meso y sudamericana indígena y la europeo occidental, y entre sus respectivos proyectos de sociedad. Sólo la resistencia ante el invasor puede mantener vivo nuestro ser más genuino como latinoamericanos.
La ecuación latinoamerica profunda = cultura indígena, tendría expresión multiforme en las diversas dimensiones de la vida cotidiana de nuestros pueblos. La Identidad es el elemento de continuidad cultural y la Modernidad, la ruptura. ¿Cómo superar esa ruptura o cómo modernizarse con continuidad cultural?.

SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año 21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.

 

TEMA:

América Latina como yuxtaposición de culturas.

pp. 39-40


Leopoldo Zea: asume el encuentro entre la cultura española y la indígena como una superposición de la primera sobre la segunda. La historia cultural de América Latina sería la historia de la acumulación y yuxtaposición sucesiva de distintas capas culturales de existencia simultánea, paralela. La identidad originaria indígena quedó cubierta por las otras capas, de modo que el descubrimiento de nuestra identidad cultural actual, lejos de la vuelta al origen, está en la búsqueda constante de la síntesis de las capas que le fueron superpuestas
La identidad, más que un lugar fijo de origen, es un proyecto original a desarrollar, un futuro de continente y no un pasado petrificado. Zea afirma que la particularidad de América Latina es que posee una cultura surgida de la unión -no asimilación- de la cultura propia de esos hombres. Cultura de expresiones encontradas y que, por serlo, lejos de mestizarse, de asimilarse, se han yuxtapuesto. Yuxtaposición de lo supuestamente superior sobre lo supuestamente inferior.
El origen de todo está en la forma de dominación impuesta por la colonización europea a esta América. Los conquistadores españoles trajeron una cultura que se considera superior, que no puede asimilar otras culturas ni ser asimilada, la cultura cristiana. Lo que se reproduciría en la segunda ola conquistadora, en América del Norte, fue una superposición de una cultura sobre otra. Sin embargo, pese a esta actitud, el mestizaje igual se lleva a cabo, y esa es, según Zea, la particularidad cultural que marca nuestra identidad, lo que ocurre es que esa mixtura ha sido encubierta por otras sucesivas superposiciones culturales, por lo que se subentiende que cualquier intento serio de entender nuestra identidad debería partir de ese hecho básico: asumirlo y no encubrirlo, el encubrimiento genera un conflicto interno en el mestizo que se ve acentuado por la actitud española hacia él.
Para Zea, América son sus indios, los conquistadores de éstos, los libertadores luchando por poner fin a la conquista, los conservadores afanosos por mantener el orden que habían heredado, los civilizadores queriendo saltar sus propias experiencias. América es un crisol de culturas que se ha impuesto a la supuesta superioridad de las culturas que se le quisieron imponer.
De esta manera, para Zea, la modernidad no puede ser vista como un proceso de pérdida o desintegración de nuestra identidad, sino como un proceso de enriquecimiento de una identidad en construcción. Cultura que en vez de desdibujarse, va tomando cuerpo expresando su identidad. 3

SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año 21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.

 

TEMA:

Identidad barroca [y católica], modernidad ilustrada como proyecto ajeno

pp. 40-42


… Pedro Morandé. Parte del hecho fundante que señala Zea, el descubrimiento y conquista de América por los españoles, pero no piensa que exista un encubrimiento de la mezcla, sino que la identidad latinoamericana radica precisamente en esa mezcla original que se produce aquí entre español e indio, el mestizo, cuya síntesis originaria se produce ritualmente y en la oralidad, y que contiene elementos barrocos y católicos que conformarían nuestra síntesis cultural o matriz fundamental. A juicio de Morandé la pregunta por la cultura y la identidad tiene que ver con la preocupación por la morada común, la cual se construye desde la memoria que le ha dado origen. La identidad latinoamericana se forma a partir del encuentro originario entre los valores culturales indígenas y la religión católica. La síntesis cultural iberoamericana se constituyó de modo ritual, por el encuentro en espacios simbólicos compartidos; ello implicaría que la síntesis barroca y mestiza de la cultura iberoamericana no se realizó desde la escritura, sino desde la cultura de la imagen.
Morandé se centra en las continuidades y elementos comunes que se mezclan en nuestro sincretismo y observa que tanto las prácticas cúlticas como las indígenas se basaban en el sacrificio ritual llevado a cabo en templos o lugares consagrados. La liturgia, el teatro, las fiestas religiosas, el sentido de la temporalidad, el carácter tributario del trabajo, todos ellos son elementos comunes a ambas culturas, y son ellos los que conformarían nuestro espacio compartido de eticidad, nuestro ethos. Nuestro ethos cultural tiene un sustrato católico y barroco, y su expresión privilegiada sería la religiosidad popular.
Los proyectos modernizadores de nuestras élites han fracasado hasta ahora porque intentan seguir un patrón modernizador ilustrado, diferente de lo moderno barroco nuestro. La ilustración no penetró profundamente en el suelo americano porque faltaban las condiciones sociológicas para ello, fue un movimiento que afectó fundamentalmente al criollo y no al mestizo y tuvo las dificultades propias de un movimiento cultural que no surge como necesidad de parte del sujeto histórico real sino que se impone a un sujeto artificial. El mestizo ha sido dejado de lado por proyectos desarrollistas importados con categorías ajenas a la nuestra. Sin embargo la modernidad que se ha universalizado corresponde a un intento hegemónico de un tipo particular de modernidad proveniente de la Ilustración.
Iberoamérica debe ser considerada moderna desde su nacimiento, es decir, desde el momento de la primer síntesis cultural entre las tradiciones culturales amerindias y las europeas, que se produjo por efecto de la conquista y evangelización de América. Lo que se trata es de hacer conmensurables la modernidad y la identidad cultural.



SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año 21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.

 

TEMA:

La identidad como puro discurso, la modernidad como realidad

pp. 42-44


… Brunner: las identidades colectivas pertenecen a esa clase de objetos que son creados por la manera como la gente habla de ellos. En verdad, tales identidades carecen de sustancia, no están afuera, como algo que pudiéramos aprehender, su sustancia son discursos, interpretaciones. No existe una identidad latinoamericana, que permita entender homogéneamente al continente más allá de sus diferencias y que tenga una fuente privilegiada [los pueblos indígenas, la religiosidad popular, el mundo rural] La realidad sobrepasa a esos discursos y se muestra como diversidad creciente producto de una modernidad que, cada vez más, se abre paso, por la vía de la escolarización masiva, la democratización política y la constitución de un mercado institucionalizado de bienes simbólicos culturales, cuya vía privilegiada son los medios de comunicación de masas, en especial la televisión.
Las culturas de América Latina no expresan un orden sino que reflejan en su organización los procesos contradictorios y heterogéneos de conformación de una modernidad tardía. De ello se desprende que nuestra modernidad primero difiere de la europea en cuanto al momento histórico en que ocurre, pero que no existe aquí una lógica o racionalidad alternativa a la razón instrumental supuestamente de Europa; la segunda diferencia está en el hecho de que en América Latina la modernidad ha nacido no de la cabeza de los modernizadores y de la irradiación de sus ideas en las cabezas de sus contemporáneos, sino mediante la operación de los aparatos culturales que la producen, incluso a espaldas de nuestros intelectuales. Si esto es y ha sido así, no se ve por qué en el caso de la identidad no debiera ocurrir lo mismo; es decir, la identidad se constituyó desde la misma realidad que es diversa, plural y heterogénea.
La observación de Brunner sobre los discursos de identidad es aplicada tanto a las visiones épicas de la identidad producidas desde la literatura, a los retratos de los historiadores y ensayistas que señalan que nuestra identidad consiste en una constante búsqueda y evolución hacia lo que somos, y a las miradas provenientes desde el ámbito de las ciencias sociales, que se han referido a la identidad como crisis. Estos discursos sobre la identidad no están a salvo de la presión de la modernidad. Según Brunner, pronto serán sustituidos por otras formas de hablar y crear identidades, proporcionadas a través de los medios de comunicación y los múltiples otros lenguajes que se generan con la vida urbana, con los movimientos del mercado cultural, y con las nuevas formas de inserción de los países en la economía del mundo. Nuestra cultura sería un collage de culturas, e irá siendo cada vez más un collage de identidades.

SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año 21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.

 

TEMA:

Modernidad, postmodernidad e hibridaje cultural.

pp. 44-45


Nestor García Canclini: la identidad es una construcción que se relata, en la cual se establecen acontecimientos fundadores, casi siempre referidos a la apropiación de un territorio por un pueblo o a la independencia lograda enfrentando a los extraños.
García Canclini comparte la visión de que, más que identidad, hay identidades y pertenencias múltiples que dan lugar a culturas híbridas. América Latina no tendría una identidad sino varias. Este fenómeno tiene estrecha relación con el advenimiento de una cultura postmoderna que multiplica las imágenes posibles y al hacerlo, multiplica también los espacios identitarios, puesto que la identidad encuentra su lugar privilegiado en la cultura visual. El advenimiento de la postmodernidad en América Latina implica, en García Canclini, que nuestra cultura se dejaría reconocer como cultura híbrida, en la cual coexisten culturas étnicas y nuevas tecnologías, formas de producción artesanal e industrial, el artesano y el artista, lo tradicional y lo moderno, lo popular y lo culto, lo local y lo extranjero. El postmodernismo no es un estilo, sino la copresencia tumultuosa de todos.
Así, García Canclini menciona los polos opuestos que conviven híbridamente en nuestro continente, pero no lo hace recalcando el histórico antagonismo que se supone entre ellos, sino más bien su híbrida: coexistencia y no necesariamente enfrentamientos. Sostiene que los conflictos culturales se generan por los intentos de los grupos de interés por imponer su visión de la cultura y obtener así reconocimiento y apoyo de la sociedad y del Estado. Una política democratizadora es no sólo la que socializa los bienes legítimos, sino la que problematiza lo que debe entenderse por cultura y cuáles son los derechos de lo heterogéneo.
Por eso, lo primero que hay que cuestionar es el valor de aquello que la cultura hegemónica excluyó o subestimó para constituirse. Por el mismo hecho de que existen grupos de interés que pretenden imponer sus valores culturales a toda la sociedad, habría de intervenirse en favor de la diversidad, entendida no como un desvanecimiento de lo que somos, sino como un logro histórico en pro de la democracia social y cultural. Se advierte, en este sentido, que una política cultural democrática no debe olvidar las condiciones del escenario postmoderno donde se generan los ritos de cultura que pierden sus fronteras, en este simulacro perpetuo que es el mundo. Es decir, por defender la diversidad, jamás habría de caer en comprensiones fundamentalistas de las diferencias identitarias sino, más bien, despejar toda consideración de la identidad como esencia profunda de nuestras culturas.

SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año 21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.

 

TEMA:

Hablar de identidad

pp. 45-46


Hopenhayn Martin. Tiende a radicalizar la comprensión de la identidad como pluralidad y diversidad de imágenes y discursos identitarios hacia una visión del postmodernismo. Según él, los grandes motores del cambio cultural moderno en América Latina han sido la escuela, la ciudad y la televisión; ellos han generado profundos efectos en el consumo simbólico donde códigos, sensibilidades, dramas pasionales, conflictos humanos y escalas de valores, se exponen y superponen en largometrajes televisivos o radionovelas, salas de colegio y escaparates metropolitanos, alcanzando públicos que han vivido por siglos con base en relaciones de reciprocidad, sincretismos religiosos de larguísima tradición, rituales ligados a los ciclos agrícolas y formas arcaicas de supervivencia. Este es el dilema cultural básico que afecta a la identidad.
Uno de los efectos importantes de la globalización sobre las culturas particulares consiste en que el nivel de modernidad en el mercado se define cada vez más por la forma que por el contenido. Esto mina las identidades culturales, desestabiliza visiones de mundo y potencia el mestizaje cultural a grados imprevistos: no ya el mestizaje como sincretismo o cruce de dos códigos culturales, sino como juego creativo, nuevo invento para el mercado cultural.
La misma flexibilidad de imágenes, códigos, lenguajes y reglas que forma parte de la tecnología del video juego, de los juegos de computación o de la transmisión de imágenes virtuales, desencadena un estado de metamorfosis continua de imágenes, símbolos y tradiciones. La identidad queda reducida a un video clip, imágenes fugaces que se ofrecen para todo espectador. Uno de los cambios que introduciría esta nueva dinámica de configuración de identidades es la combinación de tiempos y espacios diversos en formatos reducidos, tipo chips computacionales.
Pero esta exacerbación de tiempos distintos en un solo tiempo no debe tener, necesariamente, un signo negativo, también revela un tejido cultural de alta complejidad, riqueza y belleza. La cultura latinoamericana se ha desterritorializado, descentrado, de manera que no hay identidades que resistan en estado puro más de unas horas ante la fuerza de estímulos que provienen de todos los rincones del planeta. La estética del collage y del pastiche no es casual. El descentramiento tiene su lado luminoso en la instalación de la diversidad, pero también su lado impotente en la fragmentación de los sueños colectivos. La señal estaría dada por el fin de los metarrelatos omnicomprensivos y el inicio, en cambio, de una era de juegos de lenguajes parciales y autorreferidos, todos igual de legítimos. Y de esta lógica no escapa la identidad cultural.



SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año 21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.

 

TEMA:

La identidad como discurso ideológico

pp. 47-48


.… Jorge Larraín: hace referencia a las maneras en que se producen discursos sobre la identidad. La identidad latinoamericana es vista con cierto escepticismo; la verdad es que la mayoría de las sociedades latinoamericanas no están culturalmente unificadas y que, a pesar de algunas formas centrales de integración y síntesis que indudablemente existen, las diferencias culturales son todavía muy importantes. Tomando una distinción de Anthony Giddens, las identidades se dan en dos polos:
a) Como conciencia discursiva [dimensión pública]. Las versiones de identidad lo que harían es reducir la complejidad de las múltiples y plurales expresiones culturales de la vida social; los discursos públicos de identidad frecuentemente quieren hacernos creer que existe sólo una versión de la verdadera identidad. Se construyen normalmente sobre la base de los intereses y visiones del mundo de algunas clases o grupos dominantes de la sociedad, a través de una variedad de instituciones culturales, como los medios de comunicación, instituciones educacionales, religiosas y militares, aparatos del Estado. Tras estos discursos hay elaboraciones ideológicas al servicio de los intereses de ciertas clases o grupos de la sociedad . Todo intento por fijar de una vez para siempre los contenidos de una identidad cultural se pueden convertir fácilmente en formas ideológicas que ciertos grupos y clases pueden ocupar en beneficio propio.
b) Como conciencia práctica (dimensión privada). Donde se expresan medios de resistencia contra la dominación y la exclusión.
Esta doble cara de la identidad, no hace más que mostrar la ambigüedad inherente al concepto de identidad nacional que, por una parte, puede servir para enmascarar la diversidad, por otra, puede servir como medio de resistencia. No hay que sobrevalorar las versiones públicas discursivas sobre la identidad; conviene enfocarse también a las versiones locales privadas de la vida cotidiana, puesto que es precisamente esa cotidianidad la que revela de mejor manera el carácter ideológico de los discursos de identidad.
Con respecto a la modernidad, la tesis básica de Larraín es que ella pluraliza las identidades. Sin embargo, actualmente las condiciones culturales postmodernas estarían disgregando esas fuentes de identidad hacia sectores más micro [género, raza, etnia]. La postmodernidad es interpretada por Larraín como la lógica filosófica del neoliberalismo, al favorecer la incomensurabilidad de lo diverso, propiciando así la gestación de discursos sobre identidad al servicio de los intereses de grupos dominantes, que no pueden ser contradichos en nombre del respeto a la diversidad.



SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año 21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.

 

TEMA:

La identidad indígena y la cuestión del colonialismo interno

pp. 48-49


Rodolfo Stavenhagen. Reconoce un innegable origen colonial del uso del concepto indígena. Simplemente son indígenas los descendientes de los pueblos que ocupaban un territorio dado cuando éste fue invadido, conquistado o colonizado por una potencia o una población extranjera. Así, la invasión y colonización de América en el siglo 16 marca el punto de división entre indígenas (o naturales, o nativos, o aborígenes, o indios) y europeos [o indianos, o criollo, o blanco, o españoles, o ingleses].
El concepto de indígena conllevaría una conjunción entre la idea de ocupante originario de un territorio dado, y de continuidad histórica entre la población original y la que actualmente se identifica como descendiente directa de ella, pero principalmente estaría dado por la relación de dominación existente.
El discurso de la indigeneidad conduce a la denuncia de injusticias históricas cometidas contra pueblos indígenas y al planteamiento de derechos específicos que se derivan de esas injusticias. Las reivindicaciones planteadas en términos de identidad indígena conllevarían a un cuestionamiento al modelo clásico del Estado nacional en América Latina y a la demanda de derechos [humanos] específicos de los pueblos indígenas. Ambos aspectos envuelven innegables cambios relevantes a nivel jurídico, político y cultural en general. El Estado nacional en América Latina excluye el reconocimiento de la diferencia indígena. Replantearse el sentido del Estado nacional implica no solo decisiones propiamente políticas conducentes a ampliar los grados de autodeterminación indígena, sino también la cuestión de derechos indígenas específicos, entendidos como derechos humanos, de carácter colectivo.
En su sentido restringido la autodeterminación es considerada con frecuencia como una secesión política por parte de un pueblo con respecto a un Estado constituido, que de esta manera ejerce su derecho a la libre determinación. Pero la autodeterminación externa no significa necesariamente independencia política, algunas veces supone negociaciones en igualdad de condiciones entre un pueblo y el Estado al cual está conectado. El resultado puede ser una nueva forma de convivencia política en el marco de una unidad política diferente.
En cuanto a los derechos de los pueblos indígenas en tanto derechos humanos de nuevo tipo Stavenhagen sugiere una conclusión provisional: los derechos grupales o colectivos [indígenas] deberían ser considerados como derechos humanos en la medida en que su reconocimiento y ejercicio promueve, a su vez, los derechos individuales de sus miembros.

SECAB. LA CUESTION DE LA IDENTIDAD. En: Revista Tablero Año 21 N° 57. Bogotá, SECAB, noviembre de 1997, pp. 33-51.