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La cultura, como construcción simbólica de
la praxis social, es una realidad objetiva; la identidad, construida
a partir de ella, es un discurso. Esta afirmación permite entender
por qué dentro de un mismo grupo sociocultural es posible que
existan múltiples identidades, superando una visión
mecanicista que pretende encontrar equivalencia entre cultura e identidad.
La identidad se construye tanto a partir de diferencias objetivas
(concretas o abstractas pero reales) y diferencias subjetivas, es
decir, percepciones que asignan "valor" diferencial a
aspectos de la realidad que en realidad son iguales. Hay dos ejemplos
para entender este planteamiento:
a) Para los hispanohablantes del Ecuador un rasgo importante
de su identidad es ser herederos de una veta cultural española.
Ser "ecuatoriano" significa ser descendiente de españoles.
Esto es un aspecto objetivo, demostrado plenamente por la historia.
Es un caso en que una diferencia objetiva se convierte en referente
de la identidad.
b) Para los indígenas quichua andinos, un rasgo importante
de su identidad es su vivencia comunitaria. Pero en realidad, podemos
ver que muchas sociedades son comunitarias. En este caso vemos que
aunque la diferencia objetiva no exista ni puede ser probada, es
asumida como un rasgo de identidad particular y por tanto diferenciador.
El proceso de construcción de la identidad es un acto de
selección de elementos diferenciales a los que se les asigna
un sentido de propiedad y al que grupos e individuos se adscriben.
La identidad es una línea fronteriza entre lo propio y lo
ajeno. Los hitos de esta frontera son sociales, culturales o económicos
y convenciones simbólicas asumidas como diferencias por el
grupo, seleccionados de acuerdo con el momento histórico,
a las condiciones políticas y económicas particulares.
Este fenómeno de la identidad aparece con fuerza en todo
el mundo. Vemos que la mayoría de conflictos armados en Europa,
Africa y América Latina tiene como ingrediente fundamental
la reivindicación de las identidades étnicas (Croatas
y Serbios), de género (feminismo), de edad, etc. Lo que durante
mucho tiempo fue entendido como fruto de un conflicto entre ricos
y pobres, dominados y dominantes, empieza a ser leído a partir
de la identidad diferenciada en un esfuerzo por superar lo homogeneizante
de la concepción clasista. Sin embrago, el enfoque de la
identidad parece llegar a un punto crítico: el haber dejado
de un lado la variable político-económica; la identidad
étnica nos lleva a hablar de "indios" o "negros"
como si cada una de estas identidades no estuviera atravesada por
condiciones de clase. Por lo que, el análisis de los movimientos
sociales debería integrar las dos variables, la identidad
y la estructura económica.
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