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| RESUMEN:
Se elabora una deconstrucción de los conceptos "popular"
y "cultura popular" en función de diversas corrientes
interpretativas, entre las cuales de destacan: el folklorismo, el
populismo político, el populismo comunicacional, y, a nivel
de las teorías sociales, el enfoque gramsciano, reproductivista
y neogramsciano.
Se propone reformular estos conceptos desde una reflexión
y trabajo transdisciplinario que recoja las diferentes modalidades
en que se manifiesta y produce lo popular. -
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| TEMA:
El folklore o ritualización del pasado
pp. 202-204
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Los folkloristas hicieron visible lo que hoy se denomina
"popular" cuando no era interés de las personas "educadas".
Hasta el siglo XVIII a los europeos les interesó las culturas
de pueblos lejanos (celtas, indios americanos, etc.), pero las costumbres
populares sólo eran recogidas por anticuarios y algunos viajeros.
En el siglo XIX la formación de Estados nacionales suscitó
la necesidad de conocer a los sectores subalternos para ver cómo
se los podía integrar. Los románticos exaltaron los
sentimientos y las maneras populares de expresarlos, las situaciones
particulares y el valor de la vida local.
Esta historia se produjo con retraso en América Latina.
Con la influencia del empirismo positivista, folkloristas y antropólogos
generaron un vasto conocimiento sobre grupos indígenas y
campesinos. Sus trabajos acerca de la religiosidad, la medicina,
las fiestas y las artesanías revelan una compenetración
profunda con los sectores oprimidos y el esfuerzo por reivindicar
su lugar dentro de las culturas nacionales. Pero esta línea
de investigación, está atascada en dificultades teóricas
y epistemológicas. Aísla comunidades locales o grupos
étnicos, selecciona sus rasgos más tradicionales y
reduce las explicaciones a la lógica interna del pequeño
universo analizado. La recolección de datos, concentrada
en los aspectos "puros" de la identidad local, presta
atención únicamente a lo que diferencia a ese grupo
de otros y resiste la penetración occidental o moderna. La
aséptica noción de "contrato entre culturas"
con que tratan de dar cuenta los conflictos les impide explicar
las formas en que las etnias o los grupos tradicionales reproducen
en su interior el desarrollo capitalista, se subordinan y construyen
con él formaciones mixtas. El empirismo plano en la recolección
y catalogación de los materiales, la pobre interpretación
contextual de los hechos, suelen reducir la utilidad de estos trabajos
a la producción de libros para turistas y museos que espectacularizan
el orgullo nacional.
Pese a la abundancia de descripciones, los folkloristas dan muy
pocas explicaciones sobre lo popular. Casi nunca logran decir por
qué los objetos y prácticas siguen siendo significativos
en sociedades donde los hechos culturales van dejando de tener los
rasgos que valoriza el folklor. ¿Es posible limitarse a manifestaciobes
tradicionales en un país como Brasil, donde la relación
demográfica entre campo y ciudad se invirtió en los
últimos 25 años, y ahora el 70% de la población
vive en ciudades?. No podemos trabajar exclusivamente con tradiciones
simbólicas insulares y autoreferidas en una época
en que la reorganización masiva de la cultura propone modelos
más diversificados y totalizadores, donde lo oral se complementa
con lo escrito, lo visual, lo sonoro lo electrónico.
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| GARCIA CANCLINI, Néstor. ¿RECONSTRUIR LO POPULAR?.
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología N° 13.
Buenos Aires, agosto de 1991, pp. 201-221. |
| TEMA:
El populismo comunicacional: la construcción del espectador.
pp. 204-206
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Para los especialistas en comunicación masiva, lo
popular no es el resultado de tradiciones, ni de la personalidad de
cada pueblo, ni se define por su carácter manual, artesanal,
oral, en suma, premoderno. Los comunicólogos y semiólogos
ven la cultura popular contemporánea constituida a partir de
los medios electrónicos, no como resultado de diferencias locales
sino de la acción difusora y homogeneizadora de la industria
cultural. La noción de popular sigue la lógica del mercado.
"Popular" es lo que se vende masivamente, lo que gusta a
multitudes. El rigor, al mercado y a los medios no les importa lo
popular sino la popularidad. No les preocupa guardar lo popular como
cultura o tradición ; más que la formación de
la memoria histórica, a la industria cultural le interesa construir
y renovar el contacto simultáneo entre emisores y receptores.
También le incomoda la palabra "pueblo", evocadora
de violencias e insurreciones. El desplazamiento del sustantivo pueblo
al adjetivo popular, y más aún al sustantivo abstracto
popularidad, es una operación neutralizante, útil para
controlar, como dice Bolléme la "susceptibilidad política"
del pueblo. Mientras éste puede ser el lugar del tumulto y
el peligro, la popularidad, adhesión a un orden, coincidencia
en un sistema de valores, es medida y regulada por los sondeos de
opinión. Ambas formas expresivas de lo popular tienen su teatralidad,
pero con significados sociales distintos. El pueblo es un sujeto que
se presenta, la popularidad es la forma extrema de la representación,
la más abstracta, la que lo reduce a una cifra, a comparaciones
estadísticas.
Para el mercado y los medios lo popular no importa como tradición
que perdura. Lo popular, precisamente por ser el lugar del éxito,
es también el de la fugacidad y el olvido. Lo popular es
lo que no permanece, no se acumula como experiencia ni se enriquece
con lo adquirido. Esta definición abandona también
el carácter ontológico que le asignó el folklore.
Lo popular no consiste en lo que el pueblo es o tiene, sino lo que
resulta accesible, le gusta, merece su adhesión o usa frecuentemente.
Lo popular le es dado al pueblo desde fuera. Esta manera heterónoma
de definir la cultura popular es generada, en parte, por la omnipotencia
que se atribuye a los medios.
Desde los años 70 esta conceptualización de lo popular
como entidad subordinada, pasiva y refleja es cuestionada teórica
y empíricamente: los sectores populares coparticipan de relaciones
de fuerza múltiples, que se forman simultáneamente
en la producción y el consumo, en las familias y los individuos,
en los medios masivos y en las estructuras de recepción con
que se escoge y resemantiza sus mensajes. Es necesario reformular
las relaciones entre los medios y la cultura popular. Partir de
los "medios a las mediaciones", como dice Martín
Barbero.
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| GARCIA CANCLINI, Néstor. ¿RECONSTRUIR LO POPULAR?.
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología N° 13.
Buenos Aires, agosto de 1991, pp. 201-221. |
| TEMA:
El populismo político: la simulación del actor
pp. 206-209
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El populismo es el modo de usar la cultura para edificar
el poder. Dos rasgos centrales de su práctica simbólica
son: su esfuerzo por modernizar el folklore convirtiéndolo
en fundamento del orden y el consenso, y, revertir la tendencia a
hacer del pueblo un mero espectador. A diferencia del folklore, detenido
en la actitud premoderna de defender al pueblo como fuerza creadora
originaria, el populismo selecciona del capital cultural arcaico lo
que puede compatibilizar con el desarrollo contemporáneo. Las
"virtudes" populares del pasado servirán para garantizar
la actuación eficaz de los populismos políticos ante
los nuevos desafíos. En el populismo estatizante, los valores
tradicionales del pueblo, asumidos y representados por el Estado,
legitiman el orden que éste administra y suscitan en los sectores
populares la confianza de que participan en un sistema que los incluye
y reconoce. El populismo de izquierda se aleja aún más
del sentido conservador del folklore al establecer como "esencia"
de lo popular su conciencia crítica y su impulso transformador.
En los años 60 creció en varios países latinoamericanos
la concepción dinámica de la cultura ligada a la movilización
de los sectores populares, bajo el influjo de artistas e intelectuales
(Los Centros Populares de Cultura brasileños, por ejemplo,
apoyaron su tarea difusora repensando a la cultura popular como "concientización";
el Grupo Cine Liberación, asimismo, propiciaron en Argentina,
un "cine militante", una "cultura de la subversión",
la "lucha por la emancipación nacional").
Ante la sobrevivencia de esta concepción en muchos movimientos
políticos actuales, convienen hacer dos objeciones: Dar tanta
preeminencia a la dimensión política ¿no lleva
a descuidar otros aspectos de las prácticas culturales?.
El deseo de "convertir a los espectadores en actores"
olvidó la distancia entre realidad y representación
que existe en todo arte, el carácter de constructo que tiene
toda actividad simbólica. Por otro lado, es cierto que existen
acciones promovidas por los propios movimientos populares, y que
muchas de sus actuaciones son controladas por ellos mismos (los
actos de democracia directa de los sindicatos autegestionados).
Pero, ¿cómo identificar lo que merece ser llamado
popular cuando la atribución de ese nombre es resultado de
procesos contradictorios en que fracciones de sindicatos, partidos
o un Estado se adjudican simultáneamente el carácter
de populares con posiciones enfrentadas? ¿Qué puede
suceder con los movimientos populistas, cuando la pérdida
de representatividad de los partidos políticos dificultan
que los sectores populares encuentren formas de participación?.
Quizá una de las tareas difíciles de la investigación
en cultura popular es entender qué significan y cómo
operan necesidades culturales tan legítimas como la ritualización,
y necesidades políticas evidentes como la delegación
de representatividad, sin la fácil optimización que
suelen hacer de estos procesos los Estados, partidos e intelectuales.
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| GARCIA CANCLINI, Néstor. ¿RECONSTRUIR LO POPULAR?.
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología N° 13.
Buenos Aires, agosto de 1991, pp. 201-221. |
| TEMA:
¿Devolver el habla al pueblo?
pp. 209-210
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Desde el romanticismo del siglo XIX hasta los escritores
que se hacen periodistas, desde las instituciones antropológicas
o gubernamentales dedicadas a documentar la memoria oral hasta los
novelistas que organizan periódicos populares, se viene tratando
de que el pueblo no sea representado, que se represente a sí
mismo. Se ha buscado que el habla popular encuentre su sitio en el
mundo escrito, que el discurso coloquial -pueblerino o de barrio-
ingrese al campo legítimo de la cultura. Los tres sectores
analizados -flokloristas, medios masivos y populistas- contribuyen
a veces a este proceso de hacer hablar al pueblo: recolectan narraciones,
incluyen entrevistas callejeras en programas de radio y TV, comparten
con el pueblo escenarios de poder. Pero existen problemas: muchos
folkloristas y militantes "de base" imaginan posible aislar
a los sectores populares o alguna parte "auténtica"
de ellos y encontrar acciones y pensamientos autónomos, ajenos
a la dominación. Como casi nunca se plantean el problema de
las condiciones de legitimidad y validez del conocimiento popular,
ni utilizan recursos epistemológicos que les permitan separarse
de las certezas ingenuas del sentido común (lo que los actores
populares dicen que hacen), suponen que darles la palabra es suficiente
para que emerja un saber verdadero sobre ellos. Cuando tampoco estos
trabajos incluyen una reflexión crítica sobre los propios
condicionamientos del investigador-participante, transfieren al objeto
de estudio sus utopías políticas y perciben en las capas
populares sólo sus actos cuestionadores, interpretan la mera
diferencia simbólica como impugnación.
Es necesario aplicar tanto a los investigadores como a los informantes
populares la crítica al etnocentrismo. El conocimiento se
construye a partir de la ruptura con las prenociones y sus condiciones
de credibilidad, con las apariencias del sentido común, sea
popular, político o científico.
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| GARCIA CANCLINI, Néstor. ¿RECONSTRUIR LO POPULAR?.
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología N° 13.
Buenos Aires, agosto de 1991, pp. 201-221.
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| TEMA:
El modelo superparadigmático
pp. 210-212
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En las ciencias sociales, la incorporación de los
múltiples usos de lo popular ha tenido algunos efectos positivos.
Extendió la noción más allá de los grupos
indígenas y tradicionales, dando reconocimiento a otros actores
y formas culturales que también representan la condición
de los sectores subalternos. Liberó a lo popular del rumbo
economicista que le impusieron quienes lo reducen al concepto de clase:
aun cuando la teoría de las clases sigue siendo necesaria para
caracterizar la ubicación de los grupos populares y sus luchas
políticas, la ampliación conceptual permite abarcar
formas de elaboración simbólica y movimientos sociales
no derivables de su lugar en las relaciones de producción.
La denominación "popular" ha facilitado estudiar
a los sectores subalternos no sólo como trabajadores y militantes,
sino como "invasores" de tierras y consumidores, como mujeres,
jóvenes y niños.
Sin embargo, el discurso científico -y las propias tareas
políticas- necesitan establecer un referente empírico
mejor delimitado, saber si lo popular es una construcción
ideológica o corresponde a sujetos o situaciones sociales
nítidamente identificables. Dos intentos prosperaron en los
últimos años. Se trató de refundamentar la
noción de popular recurriendo a la teoría de la reproducción
y la concepción gramsciana de hegemonía. Los estudios
sobre reproducción social hacen evidente que las culturas
populares no son simples manifestaciones de la necesidad creadora
de los pueblos, ni la acumulación autónoma de tradiciones
previas a la industrialización, ni resultados del poder de
dominación de partidos o movimientos políticos. Al
situar las acciones subalternas en el conjunto de la formación
social, la teoría de la reproducción trasciende la
recolección de costumbres, descubre el significado complementario
de prácticas desarrolladas en distintas esferas. La misma
sociedad que genera desigualdad en la fábrica, la reproduce
en la escuela, la vida urbana, la comunicación masiva y el
acceso general a la cultura. Como la misma clase recibe lugares
subordinados en todos esos espacios, la cultura popular puede ser
entendida como resultado de la apropiación desigual de los
bienes económicos y simbólicos por parte de los sectores
subalternos. El inconveniente de esta teoría es que, al fijar
a las clases populares en el lugar que les asigna la reproducción
social, reserva toda la iniciativa a los grupos dominantes. Son
éstos los que determinan el sentido del desarrollo, las posibilidades
de acceso de cada sector, las prácticas culturales que unen
y separan a las partes de una nación. Se ha tratado de corregir
esto con la teoría gramsciana de la hegemonía. Las
culturas populares no son un efecto pasivo o mecánico de
la reproducción controlada por los dominadores, también
se constituyen retomando sus tradiciones y experiencias propias
en el conflicto con quienes ejercen, más que la dominación,
la hegemonía. *
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| GARCIA CANCLINI, Néstor. ¿RECONSTRUIR LO POPULAR?.
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología N° 13.
Buenos Aires, agosto de 1991, pp. 201-221.
- Se enriquece la noción de movimientos sociales en tanto
éstos no se limitan a los conflictos de "clase".
Hay dentro de sí luchas étnicas, culturales, de género,
etc. que definen el carácter de dichos movimientos.
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| TEMA:
El modelo superparadigmático
pp. 210-212
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Articular los conceptos de reproducción y hegemonía
es un problema aún irresuelto de la teoría social. Quienes
investigan a partir de la teoría de la reproducción,
en las versiones más radicales, como de Bourdieu, niegan la
existencia de la cultura popular entendida como diferencia y disenso:
la cultura sería un capital perteneciente a toda la sociedad
y que todos interiorizan a través del habitus . La apropiación
desigual de ese capital sólo produce luchas por la distinción
entre las clases. Desarrollada en relación con un mercado simbólico
altamente unificado -la sociedad francesa-, la teoría reproductivista
considera a la cultura popular un eco degradado y diferido de la dominante
(Bourdieu, 1979: cap 7). Este modelo reproductivista ha sido cuestionado
en Francia por autores que comparten la teoría de la reproducción.
En naciones multiétnicas, como las latinoamericanas, no existe
tal unificación cultural, ni clases dominantes tan eficaces
para eliminar las diferencias o subordinarlas enteramente. Pero esta
crítica no elimina la fecundidad demostrada por los análisis
reproductivistas para explicar por qué los comportamientos
de las clases populares no son muchas veces de resistencia e impugnación
sino adaptativos a un sistema que los incluye.
Los neogramscianos ven la cultura, más que como un espacio
de distinción, de conflicto político entre las clases,
como parte de la lucha por la hegemonía. Por eso, este modelo
es utilizado por quienes destacan la autonomía, la capacidad
de iniciativa y oposición de los sectores subalternos. La
concepción gramsciana, suele generar visiones unilaterales
y utópicas, que se agudizan cuando sus modelos son usados
como superparadigmas y generan estrategias polares de ordenamiento
de los hechos: todo lo que no es hegemónico es subalterno,
o a la inversa, y se omiten entonces en las descripciones proceos
ambiguos de interpretación y mezcla.
Hay un problema metodológico que se manifiesta en la oscilación
entre reproductivistas y neogramscianos: la oposición que
se produce entre dos operaciones básicas en la lógica
de investigación científica: la deducción y
la inducción. Hay una exacerbación deductivista en
quienes definen a las culturas populares desde lo general a lo particular,
según los rasgos que les son impuestos por el modo de producción,
el imperialismo, la clase dominante, los aparatos ideológicos
o los medios masivos. Para el deductivismo, lo único que
conocemos de las clases populares es lo que los dominantes quieren
hacer con ellos. El inductivismo, a la inversa, estudia lo popular
a partir de ciertas propiedades que supone intrínsecas de
los grupos subalternos, o de una creatividad que los otros sectores
habrían perdido, o un poder de impugnación que sería
la clave de su resistencia. No sabemos de las culturas populares
más que lo que las clases dicen o hacen.
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| GARCIA CANCLINI, Néstor. ¿RECONSTRUIR LO POPULAR?.
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología N° 13.
Buenos Aires, agosto de 1991, pp. 201-221.
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| TEMA:
Sobre la producción de cortocircuitos
pp. 213-217
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Los procesos comunicacionales y políticos masivos,
que organizan bajo nuevas reglas lo hegemónico y lo subalterno,
fueron creando la situación posmoderna, uno de cuyos rasgos
es el desmoronamiento de los tabiques entre lo culto y lo popular.
Se desvanecen los grandes relatos folklóricos, populistas y
modernizadores que ordenaban y jerarquizaban los tipos de cultura.
Se mezclan los repertorios, de manera que ya no es posible ser culto
conociendo las grandes obras artísticas ni ser popular porque
se maneja el sentido de los objetos y mensajes generados por una comunidad
más o menos cerrada. Ahora esas colecciones son inestables,
renuevan su composición y su jerarquía con las modas,
se cruzan todo el tiempo.
Una primera consecuencia es que ya no podemos vincular rígidamente
las clases sociales con los estratos culturales, ni a éstos
con repertorios fijos de bienes simbólicos. Los sectores
mezclan en sus gustos , objetos de procedencias antes enfrentadas.
La reorganización de los escenarios culturales y los cruzamientos
de las identidades llevan a preguntarse de otro modo por los órdenes
que rigen las relaciones entre los grupos.
En segundo lugar, hay que admitir los modos en que asociábamos
política y culturalmente lo popular con lo nacional en los
60 y 70, han perdido vigencia. La oposición entre imperialismo
y culturas nacional populares, encubre reorganizaciones del mercado
simbólico que no son visibles bajo esa oposición .
En tercer lugar, la definición de lo popular se ha hecho
en relación con una cierta territorialización : con
la cultura local y comunitaria en el folklore y la antropología,
con la barrial en la investigación participativa de la sociología
urbana, con el territorio nacional en los populismos políticos.
Este vinculo con un escenario peculiar sigue siendo la base de muchas
construcciones culturales, y la reconquista popular del patrimonio
una tarea clave en países tan despojados como los latinoamericanos.
Sin embargo, en esta década ha surgido en varios países
latinoamericanos una reflexión acerca de lo que significa
que las culturas disminuyan su relación con el territorio
en que se originan, se comuniquen con otras y se interpreten. En
los nuevos cruces de la simbólica popular tradicional con
los circuitos internacionales de la industria cultural se transforman
las preguntas por la identidad, lo nacional, la defensa de la soberanía,
etc. No se borran los conflictos, como pretende el neoconservadorismo;
se colocan en otro registro: el de una creciente desterritorialización
de la cultura. Como dice Gómez Peña, los movimientos
populares combinan las tradiciones propias, con "una visión
de cultura más experimental; es decir, multifocal y tolerante".
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| GARCIA CANCLINI, Néstor. ¿RECONSTRUIR LO POPULAR?.
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología N° 13.
Buenos Aires, agosto de 1991, pp. 201-221.
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| TEMA:
Sobre la producción de cortocircuitos
pp. 213-217
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¿Qué nos queda después de la deconstrucción
de lo popular?. Una certeza precaria y una propuesta de trabajo. "La
primera es que lo popular, conglomerado heterogéneo de grupos
sociales, no tiene el sentido unívoco de un concepto científico,
sino el valor ambiguo de una noción teatral: lo popular designa
una posición de ciertos actores, la que los opone a los hegemónicos.
Pero esta oposición no es algo que tengan intrínsecamente.
Los sectores populares, dice Luis Alberto Romero, no son un sujeto
histórico, sino un lugar donde se construyen sujetos".
En esta línea, la clave para reconstruir la noción
de popular reside en pasar de una escenificación épica
a la de una tragicomedia. El defecto más insistente en la
caracterización del "pueblo" ha sido pensar a los
actores agrupados bajo ese nombre como la masa social compacta que
avanza incesante y combativa hacia un porvenir renovado. Las investigaciones
más complejas dicen más bien que lo popular se pone
en escena no con esta unidireccionalidad épica sino con el
sentido contradictorio y ambiguo de quienes padecen la historia
y a la vez luchan en ella.
"Un punto de partida para la reformulación de lo popular
por las ciencias sociales es la importancia otorgada por unos pocos
autores al melodrama. ¿Por qué este género
teatral es el preferido por los sectores populares? En el tango
y la telenovela, en el cine masivo y en la nota roja, lo que conmueve
a los sectores populares, dice Martín Barbero, es el drama
del reconocimiento y la lucha por hacerse reconocer , la necesidad
de recurrir a múltiples formas de socialidad primordial (el
parentesco, la solidaridad vecinal, la amistad) ante el fracaso
de las vías oficiales de institucionalización de lo
social, incapaces de asumir la densidad de la cultura popular, Pero
¿cómo realizar un trabajo científico ante esta
noción dispersa, ante esta existencia diseminada de lo popular,
aprehendida en lugar por los folkloristas, en otro por los sociólogos,
más allá por los comunicólogos?. Es una pregunta
que ningún gremio puede responder solo. Encontrar un camino
para tratarla requiere que trabajemos en forma transdisciplinaria,
No decimos interdisciplinaria porque esto suele significar que los
diversos especialistas yuxtaponen conocimientos obtenidos fragmentaria
y paralelamente".
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| & GARCIA CANCLINI, Néstor. ¿RECONSTRUIR LO POPULAR?.
Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología N° 13.
Buenos Aires, agosto de 1991, pp. 201-221. |
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