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| RESUMEN:
Se realiza una discusión en torno a la cultura popular,
en tanto "forma de cultura" que proyecta todas aquellas
producciones culturales propias de las distintas clases o sectores
de una misma sociedad y a partir de la cual es posible reconocer
ciertos "imaginarios sociales" que devienen de la capacidad
imaginativa de la memoria colectiva. Se analizan tres ejemplos que
muestran la plasticidad de la función imaginaria: los graffittis,
las identidades colectivas y la gastronomía imaginaria.
Finalmente, se presenta una propuesta para la reconstrucción
nacional de la cultura, fundamentada en el rechazo de las políticas
homogeneizantes y la definición de la cultura nacional a
partir de las formas culturales populares.
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| TEMA:
El debate en torno a lo "popular"
pp. 27-29
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Es necesario corregir la excesiva sociologización
de la idea de "cultura popular" y todo intento de mostrar
que la cultura no es "popular" en razón de una determinada
o exclusiva adscripción social a determinadas sectores o grupos,
que socioeconómica y políticamente pueden ser caracterizados
como "populares". Más coherente parece sostener que
"lo popular" es una forma de cultura, y como tal puede informar
todas aquellas producciones culturales propias de las distintas clases
o sectores de una misma sociedad. Cabría pensar incluso que
la cultura ha sido siempre "popular" y que hasta aquellas
producciones más "cultas" de la cultura también
relevan de formas e imaginarios populares.
Hay una "forma de cultura" burguesa que responde a condiciones,
medios y relaciones de producción cultural propios de la
burguesía, así como existen condiciones, medios y
relaciones populares de producción cultural. Esto no excluye
que el modelo de cultura burguesa sea dominante en una determinada
formación sociocultural, ni que el modelo de cultura popular
condicione e informe a su vez al modo de producción de cultura
burguesa. Esta recíproca relación entre diferentes
modos de producción cultural, se debe al hecho de que los
imaginarios sociales de los cuales se nutren son comunes, y constituyen
el substrato significante y simbólico de toda producción
de cultura. En otras palabras, las "condiciones objetivas"
de toda producción de cultura, configuradas por una misma
historia y un espacio compartido, proporcionan la matriz de comunes
imaginarios colectivos.
Es evidente que dentro de una formación socio-cultural,
cada clase y grupo se encuentran sujetos a procesos propios de cultura
y son productores de específicas formas culturales. Así
por ejemplo, la "forma mercancía" y la "forma
consumo" sobresignifican la cultura burguesa, la cual además
ha tendido a privilegiar los espacios más privados de su
producción cultural. Por el contrario, los sectores populares
han desarrollado formas colectivas de cultura, donde el intercambio
y la comunicación han actuado como productores simbólicos,
éticos y estéticos.
Estas diferencias no impiden el flujo de formas culturales entre
las diferentes clases y grupos de una sociedad, y que tanto la burguesía
puede adoptar formas de cultura popular de la misma manera que ésta
pueda incorporar formas de la cultura burguesa. Sin embargo un mismo
modelo de cultura tiende a asimilar a las burguesías de las
más diferentes formaciones socioculturales, mientras que
el modelo de cultura popular, propio de los sectores populares,
posee inscripciones espacio temporales que son muy diferentes de
una u otra sociedad o grupo humano.
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| SANCHEZ PARGA, José. IMAGINARIOS SOCIALES Y CULTURA POPULAR.
Sarance N°17. IOA, Otavalo, mayo de 1993, pp. 27-40. |
| TEMA:
La cultura como imaginarios sociales
pp. 29-31
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La cultura es un fenómeno plural y complejo que se
identifica siempre con una sociedad, pueblo, grupo, clase, y al mismo
tiempo representa ese aspecto, principio o factor diferencial de cualquier
otra sociedad, pueblo o clase. Según esto la cultura "significa]"
siempre, y constituye el amplio y diverso campo de significantes que
produce una sociedad o grupo diferenciándolo de otros. Es posible
también pensar la cultura como ese "nivel significante"
común a toda la fenomenología cultural en términos
de los imaginarios que atraviesan dicha fenomenología y diferencian
cada sociedad o grupo. Este sistema de imaginarios que configuran
una determinada formación cultural se constituye temporalmente
como el capital significante de la experiencia histórica de
todo grupo humano.
Una teoría particular de la cultura capaz de comprender
y explicar la fenomenología cultural de una sociedad, y que
al mismo tiempo sirviera como dispositivo para analizar todos los
campos y procesos culturales, podría tomar como principio
de su organización los "imaginarios sociales".
El hecho que todo pueblo, desde que el hombre es hombre, haya creado
formas estética, creencias religiosas, una ética hecha
de rituales, etc., puede ser interpretado a partir de una función
imaginaria. La razón para hacer de los imaginarios las formas
más originarias de su cultura, es que éstos pertenecen
al dominio del tiempo, y por ende a la memoria. La capacidad imaginativa
de la memoria -que actúa contra la disolución del
devenir y asegura la continuidad de una misma conciencia colectiva-
se expresa simbólicamente en todos los campos de cultura
de una sociedad.
El "imaginario" es el substrato de toda producción
cultural, sus matrices simbólicas; los imaginarios o creaciones
de la imaginación son a su vez producto de las experiencias
perceptivas de un pueblo. Todo imaginario, y la misma función
imaginaria, es el momento descubridor de posibles realidades o de
las múltiples posibilidades de la realidad. Esta "alteración"
de lo real, que es todo imaginario, se opera fundamentalmente por
la simbolzación; y todo imaginario nutre siempre el deseo
de una realidad diferente. Este doble componente de imaginación
(descubrimiento y deseo) es capaz de establecer relaciones y correspondencia
entre órdenes o campos separados de la realidad; o al contrario,
reconocer las diferencias al interior de una sola realidad. En este
proceso de ampliación de significantes, los imaginarios sociales
conducen a nuevas formas de existencia (en el mito, en el arte,
en el trance social, la fiesta o el ritual).
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| SANCHEZ PARGA, José. IMAGINARIOS SOCIALES Y CULTURA POPULAR.
Sarance N°17. IOA, Otavalo, mayo de 1993, pp. 27-40.
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| TEMA:
Imaginarios y cultura popular
pp. 31-37
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Los imaginarios representan simultáneamente el nivel
más indiferenciado de la cultura al interior de una sociedad,
pero también el principio de diferenciación entre dos
formaciones socioculturales. Se entiende, por ello, que los imaginarios
respondan predominantemente al nivel más "popular"
de la cultura, y se caractericen por: a) producirse y distribuirse
de manera preferente fuera de los circuitos mediáticos de la
comunicación social; b) no encontrarse marcados por la "forma
de la mercancía" al menos en sus especificidad originaria;
c) sustraerse a un uso y consumo privado, respondiendo más
bien a participaciones colectivas y generando públicas socializaciones;
d) manifestarse más bien en la forma de prácticas que
de objetos culturales; e) producir y expresar identificaciones colectivas,
capaces de reforzar los reconocimientos y cohesiones tanto como de
reproducir las diferencias. Estas caracterizaciones convergen en otros
aspectos: configuran lo público como espacio privilegiado de
socialización, y producen prácticas más que objetos
culturales.
No es tarea difícil despejar los imaginarios de la múltiple
y diversa morfología de una cultura, ya que éstos
se encuentran siempre codificados tanto en la obra artística
y literaria, como en la fiesta y rituales de vida y muerte, atravesando
la música, el baile y la canción. Hay tres ejemplos
que muestran la plasticidad de la función imaginaria en las
manifestaciones culturales:
a) Los tatuajes urbanos
La urbanización de la cultura con su dominancia burguesa
no ha impedido que la ciudad siguiera escenificando una cultura
popular, no regida por el arte-facto y la arqui-tectura, la mercancía
y la privatización del uso y consumo, etc. Un ejemplo de
estos imaginarios urbanos son los "graffitti" que tatuan
los muros de la ciudad, que aparecen casi autónoma y clandestinamehte,
cifrando mensajes entre subversivos y poéticos; que captan
lo inexpresable e inexpresado en las cotidianidades ciudadanas,
que recuerdan lo que está en riesgo del olvido, etc. El actual
graffitti tiene antiguo antecesor heroico en el "Pasquino",
un rebelde personaje que en Roma de los Papas escribía en
los muros satíricas denuncias. La intencionalidad política
de desperezar conciencias recoge el graffitti, participando a su
manera en la campaña electoral o desarrollando una lúdica
oposición al gobierno; en otras ocasiones el graffitti es
romántico y "enjuaga los sentimientos sofocados por
la comercial erotización de los "media".
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| SANCHEZ PARGA, José. IMAGINARIOS SOCIALES Y CULTURA POPULAR.
Sarance N°17. IOA, Otavalo, mayo de 1993, pp. 27-40.
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| TEMA:
Imaginarios y cultura popular
pp. 31-37
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b) Las identidades imaginarias
Nuestras sociedades y culturas han quedado durante largo tiempo
cautivas de un modo de producción de identidades unívocas.
La construcción del Estado nacional había impuesto
una identidad exclusiva y dominante identificada con una cultura
nacional; como si la soberanía de la nación exigiera
también una única identidad: la nacional. Esta interpelación
nacionalista impidió no sólo el reconocimiento de
las múltiples identidades que atraviesan un tejido social
sino también la posibilidad de plurales identidades. Los
globales procesos de la "modernidad" y los nuevos escenarios
democráticos además de provocar la emergencia de nuevos
actores e identidades sociales han permitido el descubrimiento de
la compleja morfología de identidades e identificaciones,
por las cuales los grupos e individuos se reconocen y diferencian
entre sí. Entonces, se trata de comprender la producción
de aquellas identidades en las que operan siempre en sus formas
de reconocimiento y diferenciación imaginarios colectivos.
En esta amplia categoría de identidades imaginarias se encuentran
fenómenos de índole muy diversas: desde los "fans",
fanáticos de un equipo de fútbol o de un cantautor
hasta las imitaciones colectivas de un mito como el "yupi".
Pero mientras estas identidades se reafirman por una socialización
de alcance colectivo, otras identidades se construyen sobre el eje
de una diferenciación, o por marcajes de distinción
como diría Bordieau: el uso de una marca de vestidos como
Benetton, la adición a una marca de cigarrillos o de bebidas,
el empleo de una determinada tarjeta de crédito, etc. Existe,
en fin, un género de identidades que participa de las identificaciones
segmentarias y que puede generar un conflicto de identidades, ya
que el deseo de reconocimiento y diferenciación confrontan
incompatibilidades y tensiones.
c) La gastronomía imaginaria
En todas las sociedades la comida se ha convertido en un hecho
cultural de intensas condensaciones simbólicas e imaginarias,
las cuales intervienen tanto en la cocina de los alimentos como
en su servicio y consumo. Una gastronomía representa siempre
el resultado de la doble relación de un pueblo con su medio
ambiente y con las acumulaciones de su pasado. De ahí el
carácter sentimental de todos los platos tradicionales que
se prueban desde niño y marcarán las memorias gustativas
de toda la vida: la fanesca o la colada morada, el cebiche o la
fritada, etc. Todas las sociedades conocen comidas de fiestas y
cuyo ceremonial culinario capta algo de contenido de la celebración.
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| SANCHEZ PARGA, José. IMAGINARIOS SOCIALES Y CULTURA POPULAR.
Sarance N°17. IOA, Otavalo, mayo de 1993, pp. 27-40. |
| TEMA:
Para una reconstrucción nacional de la cultura
pp. 37-40
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Todo el proyecto histórico de construcción
de la nación, junto con la integración de un territorio
y de un mercado interno, tuvo también que dotarse de una historia
y de una cultura, y ello sobre los restos y despojos del pasado precolonial
y de la historia colonial, nunca plenamente asumidos hasta entonces
y difíciles de integrar al futuro de la nación. Desde
la misma formación del Estado se intentó pensar y elaborar
una cultura nacional, cuya reciente revisión crítica
fue resultado de dos tendencias: la marxista, que sostenía
que la "cultura nacional" es siempre una cultura de clase,
la burguesa, y la indigenista, que contesta la unidad nacional de
la cultura en razón de la diversidad de culturas aborígenes
del país. La misma corriente marxista cuestionó la idea
de nación, como si el Ecuador de la misma manera que otros
países latinoamericanos fuera una nación "inacabada",
"incompleta" o "naciones en ciernes" como diría
Quintero. Esta versión de lo nacional no tiene en cuenta que
la nación es un fenómeno histórico y que por
ello mismo adopta formas diversas y cambiantes a lo largo de la historia.
Simultáneamente la emergencia de antiguas nacionalidades con
sus respectivas culturas al interior del Estado nacional obliga a
pensar las diversidades culturales que integran cada país:
diversidades étnicas, regionales y sociales. En este sentido
no es necesario reconocer las diversidades culturales de un país
en detrimento de una cultura nacional; sin que esto signifique una
abstracta y unitaria integración de todas ellas, sino más
bien la participación de una misma historia y en un mismo perímetro
de relaciones culturales. Ni la posición indigenista puede
abolir la temporalidad histórica y la "internalidad"
territorial de la nación, ni tampoco la tesis marxista puede
llegar a reducir la cultura nacional a efecto de dominación
de la cultura burguesa. La primera fractura dentro de la concepción
nacional/unitaria de la cultura provino de la diferencia entre "cultura
popular" y "cultura burguesa"; la segunda resultó
de la emergencia de los movimientos étnicos y de la toma de
conciencia no ya de un pasado indígena sino de su actual presencia.
"La cultura nacional no puede ser otra cosa que un precipitado
de diversidades culturales y que, al igual que la cultura burguesa,
asimila y condensa residuos de estratos de lo que se denomina cultura
popular". La abolición del Estado y la nación,
que proponen la moda postmoderna y neoliberal, para efectos culturales,
además de reducir el perímetro de las relaciones e intercambios
de cultura eliminaría la dimensión cultural de la historia,
cuyo capital acumulativo en términos de tradición y
de experiencias compartidas de un pueblo, representa la matriz de
su cultura. En cuanto a la tesis de que la cultura nacional se defina
por la cultura burguesa, aparece como la menos nacional, no sólo
porque su difusión mediática tienden a la homogeneización
cultural, sino porque las burguesías se parecen más
entre ellas que los sectores populares. Serían más bien
las formas populares de cultura, las que configuran la formación
sociocultural de cada país. |
| SANCHEZ PARGA, José. IMAGINARIOS SOCIALES Y CULTURA POPULAR.
Sarance N°17. IOA, Otavalo, mayo de 1993, pp. 27-40. |
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