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| RESUMEN:
Se sugieren conceptualizaciones innovadoras para la comprensión
y el análisis de problemas debatidos como: cultura, cultura
popular, identidades colectivas y, la relación entre nación
y cultura.
El autor, en su recorrido por las sucesivas políticas culturales
de los gobiernos de la década del 70 y 80, relaciona las
vicisitudes de ésta con la relación institucional,
planteando algunas líneas de lo que podrían ser ulteriores
modelos analíticos de la gestión cultural.
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| TEMA:
Políticas y procesos culturales. 1972-1979
pp. 31-74
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En 1972 se inaugura en el Ecuador una fase histórica,
donde la dirección de la economía y del desarrollo nacionales
por parte de las oligarquías agroexportadoras es sustituida
por la conducción de un Estado que hasta entonces había
arbitrado la escena sociopolítica y que, desde ese momento,
irá adquiriendo una importancia predominante tanto en el proceso
de acumulación productiva como su control social y político.
Los militares se encargarán de garantizar durante ocho años
este nuevo proyecto, articulando al proceso de modernización
del Estado un plan de desarrollo y de integración nacionales.
En este contexto, el Estado asume un discurso homogeneizador en
la forma, y nacionalista en sus contenidos. Solo en la periferia
de la discursividad encontraremos las referencias a una propuesta
cultural. No se puede hablar más que de "políticas
culturales implícitas" supeditadas al principal objetivo
del desarrollo: "la cultura debe existir como una realidad
que debe estar ligada a las metas del desarrollo" (1973). Así,
los programas de la JUNTA NACIONAL DE PLANIFICACION de 1970 y el
PLAN NACIONAL DE TRANSFORMACION Y DESARROLLO de 1973-1977 carecen
de una definición y propuesta culturales. En estos documentos
sólo la educación es considerada dentro de una óptica
muy particular. La única referencia a un "mejoramiento
cultural y técnico de las mayorías nacionales"
será entendido como una condición para "integrarse
al progreso nacional". Asimismo, la LEY NACIONAL DE CULTURA
(1973) y la LEY DE EDUCACION Y CULTURA (1977) tienen un carácter
administrativo y sólo esta última hace referencia
a la "preservación, desarrollo y difusión de
la cultura". La cultura es interpretada en términos
de desarrollo, pero ni el Estado ni la misma sociedad civil son
capaces de elaborar los contenidos de este discurso, es decir, en
qué consiste tal desarrollo cultural.
A finales de la década de los setenta el Estado comienza
a delinear una idea y administración de la cultura, que va
más allá de racionalizar su gestión desde los
organismos públicos. Con la CONFERENCIA INTERGUBERNAMENTAL
SOBRE POLITICAS CULTURALES EN AMERICA LATINA Y EL CARIBE, en 1978,
se alerta sobre el "contenido que se busque dar al desarrollo
cultural, preservará o distorsionará la identidad
cultural", enfatizándose que ésta es "el
mismo patrimonio cultural entendido en su más amplia concepción".
Así, la declaración de los países andinos hará
de "la protección del patrimonio cultural (histórico,
monumental, artístico y arqueológico)" el eje
de las políticas culturales que deberán ser privilegiadas.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp.
- Las políticas culturales desde una perspectiva histórica.
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| TEMA:
Políticas y procesos culturales. 1972-1979
pp. 31-74
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Esta concepción "patrimonial" de la cultura
se encuentra a la base de la misma ideología y política
estatales, que responderán a un imperativo de "difusión"
y "oferta cultural". Tal será la línea programática
de un Estado benefactor y desarrollista que, en sus mejores condiciones,
tratará de imprimir la misma lógica económica
a una producción de bienes y servicios culturales. Sin embargo,
como resultado de una acumulación de estos ideologuemas culturales
y de los cambios que se van operando en la sociedad ecuatoriana, a
partir de los últimos años del decenio, puede señalarse
un giro importante cuando comienza a ser utilizado el concepto de
"identidad cultural" y a entenderse a la cultura no tanto
como una función, condición o factor del desarrollo,
sino mas bien al plantearse la misma dimensión cultural del
desarrollo. En esta perspectiva, se irán clarificando dos nuevas
ideas: a) pluralismo cultural y unidad nacional; b) preservación
del patrimonio y expansión de los valores culturales. Así,
será reveladora la declaración en la LEY DE PATRIMONIO
CULTURAL de 1979, donde se señala un reconocimiento de la presencia
indígena y del pasado étnico en la cultura nacional.
Estas nuevas articulaciones del discurso estatal, en el umbral
del proceso de democratización, incorporan ya orientaciones
y perspectivas que se perfilan desde diferentes enclaves de la sociedad:
el movimiento indígena y el aporte de las ciencias sociales.
El movimiento indígena, sin duda, ocupó la escena
nacional de los años 70. La reforma Agraria (1973) supuso
la manumisión de amplios sectores del indigenado que, al
liberarse de los vínculos hacendatarios irrumpen en los diferentes
espacios sociales. El afianzamiento del territorio étnico
contribuyó a una nueva percepción de la territorialidad:
ésta dejaría de ser percibida únicamente como
reivindicación productiva para ser incorporada como factor
socio-cultural del proyecto étnico. Así, en esta misma
década, la lucha campesina adquiere una proyección
de más larga duración: el de la organización
indígena, basada en la prolongación de una forma de
acción y presencia sociales y en un intento por ocupar espacios
zonales y regionales (el régimen de las comunas, por ejemplo).
De este movimiento organizativo, dos son los fenómenos más
relevantes: a) el carácter marcadamente indígena,
y b) el reconocimiento cada vez mayor que este movimiento atribuye
a su dimensión y alcance cultural: "junto a la lucha
por la tierra está la revalorización de la cultura
indígena" (Así surge el ECUARUNARI, la CONFENAIE,
la FUNAE, etc.).
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, pp. 251. |
| TEMA:
Políticas y procesos culturales. 1972-1979
pp. 31-74
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| Por otro lado, el aporte de las ciencias sociales es
significativo en esta década. Se elabora un discurso mucho
más preciso y operativo de la problemática nacional,
cobrando un nuevo impulso los estudios agrarios y las investigaciones
y publicaciones socioeconómicas sobre el área rural
campesina, a las cuales se añadirán las antropológicas
y etnohistóricas, dando así origen a un neoindigenismo
en el Ecuador. Los primeros aportes están condicionados no
sólo por las estructuras predominantemente rurales, sino también
por la necesidad de dar cuenta de los procesos que tienen lugar en
el agro ecuatoriano a raíz de las reformas agrarias. Por ello,
se entrarán las bases para pensar una sociología de
la cultura y las raíces culturales de una cultura nacional.
El mismo estado inicia a finales de la década una actividad
investigativa de publicaciones y difusión cultural que se irá
enriqueciendo y ampliando en los años posteriores.
Sin embargo, con todo esto, el discurso de la cultura se encontrará
condicionado, o bien por un carácter ocasional, el de los
"encargos sociales", o bien por el ejercicio de militancias
culturales de intelectuales comprometidos con dicho campo cultural,
o bien por aquellos enfoques marxistas que hacen de la cultura un
nivel "superestructural" de la sociedad y que inevitablemente
la analizan desde parámetros economicistas.
Paralelamente a los procesos descritos, lo que de manera más
espectacular caracteriza la década de los 70 es la eclosión
de una cultura urbana, de una cultura de la modernidad y lo que
ella significó como "mass-mediatización"
de nuevos productos culturales. Es en esta época cuando en
el Ecuador adquiere una fisonomía predominantemente urbana,
resultado de la conformación de una burguesía que
junto a la producción y consumo de mercancías propias
de dichas clases acceden también a la participación
y producción de bienes culturales. Los modelos de la cultura
burguesa se difunden con gran facilidad porque: a) las analogías
sociales que estrechamente emparentan a las clases burguesas permiten
establecer entre ellas intensos circuitos de intercambio y comunicación
culturales, y b) las clases burguesas, por su misma "posicionalidad"
ideológica en la sociedad, son capaces de conferir a sus
propios modelos culturales una generalidad de carácter nacional
y en tal sentido, convertirlos en los referentes de las más
amplias interpelaciones colectivas. Surgen así las militancias
culturales que cuestionan el "espíritu de capital"
y toda actividad cultural "divorciada del pueblo" y en
cuyas propuestas, sin embargo, desconocen a otros actores y procesos
culturales mas allá de las militancias.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp. |
| TEMA:
Las innovaciones culturales. 1979-1984
pp. 77-150
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Dos factores se conjugan en este período: a) el componente
popular, que asegura un amplio consenso de masas liderado por el CFP,
y b) un programa ideológico político de reformas sociales,
que interpreta la DP. En base a éstos presupuestos y a una
asimilación de las expresiones culturales de la década,
se perfila un rostro a los nuevos actores sociales, "el rostro
indígena del país y un rostro popular que proporcionará
paradigmas inéditos para repensar un nuevo modelo de integración
y búsqueda de una imagen nacional".
Políticas culturales. Los discursos y las prácticas
Ya en el umbral del proceso democrático encontramos en los
PLANES DE GOBIERNO de los partidos políticos un PROGRAMA
CULTURAL. Aunque los partidos tradicionales, de derecha y de corte
populista asimilan reductivamente la cultura a la educación,
los partidos de centro e izquierda otorgan a la cultura un reconocimiento
particular dentro de su programa. La Democracia Popular (DP), partido
que integrará el gobierno Roldós-Hurtado, plantea
la articulación entre las "características culturales
específicas del país" y los "valores culturales
universales"; pero su mayor originalidad es la referencia a
la valoración de las culturas indígenas: "Protección
de los valores culturales de cada una de las comunidades indígenas
sin descuidar por ello su integración paulatina a la vida
nacional". Esta nueva discursividad adquiere elaboraciones
más acabadas en el PLAN NACIONAL DE DESARROLLO donde se evidencia
tres aspectos: a) la sustitución de una versión funcionalista
de la cultura que refería de una "integración
nacional", por su reconocimiento como "una tradición
histórica propia" que define una "identidad nacional";
b) la relación de la cultura con las "actitudes frente
al presente y al pasado" y con las "mentalidades";
y c) la crítica a la agresión cultural masiva fruto
del desarrollo tecnológico de los medios de comunicación
y su efecto en la homogeneización de la cultura y la desperzonalización
de los pueblos.
El logro del programa de gobierno consistió en definir sociológicamente
el campo de la cultura entre sus expresiones polares ("grupos
de élite" y "cultura popular"); sin embargo,
lo que va a permitir una ubicación y gestión de las
políticas culturales es el problema de la cultura como factor
de integración nacional "sin que se desconozca la evidente
pluralidad étnica".
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, pp. |
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Las innovaciones culturales. 1979-1984
pp. 77-150
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Ahora bien. Al pasar del plano del discurso al análisis
de las prácticas de Estado, nos encontramos no sólo
con una verificación de sus propuestas programáticas,
sino con una progresiva incorporación a la gestión y
administración estatales tanto de aquellas dinámicas
societales que se habían venido desarrollando desde la década
anterior, como de las nuevas demandas que surgen desde la sociedad
ante el discurso del gobierno. La creación de la Subsecretaría
de Cultura y del departamento de Educación Rural en el MEC
(1981) y la Oficina de Asuntos Indígenas en el Ministerio de
Bienestar Social (1983), entre otros, sugieren importantes avances
en cuanto al discurso y actividades alcanzadas. Por ejemplo, bajo
el objetivo de "formentar y promover la cultura nacional en sus
diversos ámbitos y velar para la conservación del patrimonio
cultural, la riqueza artística e historia de la nación
y la preservación de las identidades culturales nativas",
la Subsecretaría de Cultura da cuenta de una extensa actividad
en los campos de educación, capacitación, publicación
de libros y folletos, producción de programas de TV y cortometrajes,
"educación popular" y defensa de "bienes culturales".
A diferencia de los gobiernos militares para quienes los discursos
y prácticas culturales se encontraron resumidos en los planes
de educación, durante el gobierno democrático, la
misma educación y alfabetización fueron repensadas
con un componente cultural. Así el Departamento de Educación
Rural planteó la incorporación del quichua y/o la
lengua aborigen respectiva, en las escuelas establecidas en las
zonas predominantemente indígenas, a fin de "fomentar
el rescate, la defensa y el desarrollo de los valores culturales
de los distintos grupos étnicos del país" y "propiciar
la participación directa de los campesinos en todo el proceso
educativo". De la misma forma, el Plan Nacional de Alfabetización
(decretado ya en 1979) se fundamentó en el reconocimiento
que "El Ecuador es un país multiétnico y multicultural.
la metodología de enseñanza no podía ser común
para todos los grupos socio-culturales que la integran. Se tomará
en cuenta, por lo mismo, las especificidades lingüísticas
y culturales". Sobresale de estas acciones un doble fenómeno
que subraya las densidades del proceso cultural en este período:
a) una convergencia y homogeneidad de las distintas políticas
estatales, sus prácticas y discursos en torno a la "cuestión
étnica"; y b) el hecho de que el mismo flujo discursivo
remita continuamente de lo cultural a lo étnico y de lo étnico
a lo cultural.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 |
| TEMA:
Las innovaciones culturales. 1979-1984
pp. 77-150
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En este período determinados organismos públicos
redefinieron su gestión de lo cultural intensificando sus actividades
e imprimiéndoles nuevas formas. La Casa de la Cultura Ecuatoriana,
bajo la crítica social de que sus actividades se han desarrollado
en el marco de la "cultura culta", redefinió su rol
en base a la integración de la "cultura popular",
ofreciendo apoyo a sectores sociales diferenciados de la cultura.
Esta "nueva gestión de la cultura" orientada hacia
los sectores populares, tiene su correspondencia con el horizonte
investigativo de la época. En los ámbitos académicos
la cultura popular, desde una visión antropológica,
aparece como tema de cursos, seminarios y talleres; y, a nivel más
institucional se incorpora en las actividades desempeñadas
por el CIDAP de Cuenca. Que la cultura sea "un hecho social que
se da en la sociedad" obliga a reconsiderar "la condición
de inculto del verdadero protagonista del todo cultural, es decir,
el pueblo" para que éste pueda (o vuelva) a hacer cultura
de su tradición, sus imaginarios y costumbres, sus formas de
enfrentarse al medio y al desarrollo". Es curioso constatar que
el tratamiento de la cultura popular no se elabora tanto en los espacios
más académicos cuanto en la racionalización de
las experiencias y de la práctica de esta realidad.
La presencia étnica en el horizonte cultural
La presencia indígena irrumpe en la sociedad ecuatoriana
con particularidades inéditas a comienzos de la década,
como resultado de las "acumulaciones étnicas" y
societales de los años anteriores, y la emergencia de la
democratización. Las "acumulaciones étnicas"
son aquellas experiencias que los grupos indígenas van seleccionando
de su propia historia, y a las que confieren una organización
de sentido y una orientación (socio-política y cultural).
Este triple proceso de selección, significación y
orientación, dio lugar a una "conciencia étnica"
que definió por primera vez un "discurso indígena"
de carácter reivindicativo que, aun cuando enunciará
las mismas demandas contenidas en la propuesta estatal, establecerá
una diferencia fundamental: la afirmación de las nacionalidades
indígenas. Esta reivindicación que da cuerpo a las
organizaciones étnicas, posee un alcance interpelativo, pero
adolece de definiciones analíticas (qué se entiende
por nacionalidades indígenas) y operativas (cómo se
ejercen y se expresan estas nacionalidades). El enunciado de las
nacionalidades se encuentra enmarcado por dos referentes: a) la
lucha por la tierra, y b) el reconocimiento de los valores culturales
indígenas. Estos, contienen más una impugnación
que una propuesta: al cuestionar la idea de (una) nación,
plantean de manera radical la desidentificación de la sociedad
con el Estado, al mismo tiempo que reivindica las DIFERENCIAS no
sólo sociales, sino étnicas al interior del país.
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SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, pp. 251.
- La cultura popular en esta época es concebida desde
una visión marxista que la opone con una cultura oficial,
"culta".
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Las innovaciones culturales. 1979-1984
pp. 77-150
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El discurso y práctica étnica
¿En qué medida el discurso indígena se encuentra
atravesado por una falta de definición coherentes? ¿qué
contenidos se adoptan en torno a la cultura?. Se pueden establecer
tres problemas inherentes en las elaboraciones y enunciados oficiales,
públicos o semipúblicos de las organizaciones indígenas
y sus dirigencias: a) no lograron hacerse refractarias a la ideología
marxista de la izquierda nacional al imponerse como imperativo que
las reivindicaciones culturales tengan que pasar por las clasistas
y por un transformación de las condiciones socio-económicas;
b) no decodificaron lo que realmente son y lo que realmente viven
los sectores indígenas, el sentido de sus prácticas
y discursos, en definitiva, la "forma cultural" que posee
el mismo fenómeno indígena; y c) adolecen de "eficacias
iniciáticas", es decir, no recogen, elaboran y expresan
los más reales y diversos procesos por los que atraviesan los
diferentes sectores del país: las dinámicas particulares,
los conflictos locales, las estrategias de diferentes etnias y regiones.
Sin embargo, el discurso étnico o indigenista trasciende el
enunciado de la pluralidad reivindicando el de las "nacionalidades
indígenas", basándose en el hecho (y derecho) de
un territorio, una cultura y organización propias.
Ahora bien. A diferencia de los discursos, la "presencia étnica"
en la sociedad nacional supone un fenómeno vasto, heterogéneo
y complejo. Sin embargo, se presentan diferentes formas de presencia
indígena que son importantes:
a) La iniciativa de las organizaciones para tomarse las políticas
y programas de alfabetización y educación rural
(bilingüe y bicultural), hecho constante en los Congresos
y Declaraciones públicas de los dirigentes étnicos.
La estrategia educativa proporciona un frente múltiple
al proyecto indígena: es el campo más adecuado para
desarrollar un trabajo de reforzamiento ideológico y cultural;
constituye un tipo de gestión en la que muchos dirigentes
e intelectuales se preparan para desempeñar con cierta
competencia; y, es precisamente a partir de una actividad educativa
que las organizaciones indígenas podrían captar
y desarrollar ofertas y propuestas que refuercen su presencia
a nivel nacional.
b) El carácter más público y oficial que
adoptan las actuaciones de los sectores indígenas: su papel
protagónico en los procesos electorales y la ocupación
de cargos políticos desde los gobiernos locales hasta el
Congreso Nacional.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp.
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| TEMA:
Las innovaciones culturales. 1979-1984
pp. 77-150
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Principales ejes de transición. Cultura vs nación
En la medida que una sociedad se desidentifica con el Estado, la
idea de nación se borra o desdibuja como referente de las
identidades colectivas, y la misma ideología de la "identidad
nacional" pierde centralidad en los discursos sobre la cultura.
Así, en la década de los 80, las nuevas discursividades
sociales y sus contenidos reivindicativos sobre la pluralidad cultural
del país (y la misma plurinacionalidad enunciada por el discurso
cultural indigenista); la emergencia de una "cultura popular
constitutiva de nuevos actores y prácticas sociales"
y lo que ello comporta en cuanto afirmación de identidades
más "comunales" que "societales", lleva
a repensar el concepto de nación.
En términos analíticos es necesario hacer una distinción:
la cultura es un fenómeno societal, inherente a toda forma
de sociedad humana (en cuanto "distancia significante"
que diferencia una sociedad de otra), mientras que la nación
es un fenómeno histórico, y correspondiente a una
determinada organización política, económica
y cultural de la sociedad. Ambos conceptos responden a paradigmas
de indagación diferentes; lo que de ningún modo supone
hacer ideológico el de nación, a no ser en determinadas
formas de sus empleos discursivos, considerando las condiciones,
procesos y relaciones sociales de producción de tales discursos.
Respecto a los procesos culturales habría que entender el
concepto de nación como perimetral: demarca espacio-tempotalmente
las particularidades socioculturales de un país determinado,
de cada uno de los pueblos, clases y grupos sociales a su interior,
es decir, "define históricamente los procesos culturales
de un país", es el campo de demarcación de los
diferentes procesos y escenarios de la historia.
En base a estas consideraciones, que obligan a discutir no la cultura
desde la nación, sino ésta como un todo heterogéneo
y diferenciado de culturas -de historias y procesos culturales-
es necesario entender la organización nacional o "plurinacional"
del conjunto de pueblos que conforman el país -y participan
de una misma historia nacional- no tanto garantizada por la supuesta
existencia de una cultura o por los imperativos de la unificación
cultural, ni tampoco porque una de las culturas se imponga hegemónicamente
sobre otras, sino por una democrática e igualitaria coexistencia
de todas ellas. En tal sentido, "el hecho de repensar la relación
entre la cultura y nación nos lleva a tomar en cuenta la
misma "forma cultural" de la democracia".
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp.
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| TEMA:
Las innovaciones culturales. 1979-1984
pp. 77-150
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| Forma cultural de la democracia y democratización cultural
El período 1979-84 se caracteriza por una inédita
democratización de la cultura que implica una "mayor
participación social en las prácticas y discursos,
objetos e instituciones de cultura". Un aspecto complementario
a ello es la misma "forma culltural" de la democracia.
Por muy frágil que haya sido el proceso de democratización
del país, dicho proceso estuvo acompañado e incluso
precedido de una "fomación cultural" que caracterizó
la constitución de actores sociales, la articulación
de discursos, la organización y reordenamiento de las prácticas;
como si una forma de conciencia proporcionara a la sociedad una
nueva imagen de sí misma y contribuyera a configurar nuevas
representaciones societales. La misma búsqueda de la democracia
es casi por definición un proceso cultural en el que lo político
no sería nada más que un marco y un sistema de dispositivos
para facilitar o garantizar los nuevos reencuentros societales y
restablecer los equilibrios perdidos. Esta "forma cultural",
que imprime la democracia a los procesos societales más amplios,
más que propiamente cultural y producción cultural
es la condición para que las culturas de un pueblo transcurran
y se mantengan como bases sedimentarias de la sociedad, que pueden
emergen en determinados momentos, transformarse en memoria y proyecto,
seguir orientando el sentido de la historia. Este fenómeno
se hizo más visible en esta fase de transición: la
cultura aparece como un ejercicio de libertad, como un sinónimo
de una creatividad plural al interior de la sociedad, no tanto como
objetos o productos determinados sino en la forma que adquiere su
misma producción, los comportamientos y los procesos sociales.
Comienza a pensarse la cultura de la cotidianidad, y por muy "masificada"
que se presente mucha de esta cultura, por muy "enlatada"
en las mercancías, de un consumo barato, esta cotidianidad
goza de nuevos entornos y de nuevos alcances, como si determinados
imperativos societales (de derechos, de ciudadanía, de mejores
condiciones de vida, etc.) permearan todas las capas de la población,
concitaran consensos y perfilaran una nueva imagen de la sociedad.
Esta forma cultural de la democracia es la que explica la múltiple
encrucijada de encuentros entre la sociedad civil y el Estado, entre
los distintos sectores sociales, entre lo que más convencionalmente
se llama cultura y todos los otros campos y objetos sociales. Es
un nivel de concertación, en el que sin resolverse los profundos
conflictos y contradicciones de un país, es posible replantearse
el hecho mismo de la cultura, precisar su sociología, cuestionarse
sobre su "nacionalidad". Así, la "forma cultural"
difusa por toda la sociedad, a la vez que no deja de informar todos
los aspectos de ella, contribuye a ciertas acumulaciones societales,
que se van diseminando en la historia.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp. |
| TEMA:
Las innovaciones culturales. 1979-1984
pp. 77-150
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La cultura democrática inherente en nuestras sociedades
se encuentra poblada de gestos y de símbolos, de actos del
discurso y de ritualidades, cuya dinámica más inconsciente
es prolongar los esquemas y ambientes familiares hacia la vida social.
Es quizá el carácter "comunal" de nuestras
sociedades, el que sigue parametrando la cultura y comportamientos
socioculturales a todos los niveles de la vida y organización
sociales: el apelativo de "hermano" entre amigos ("pana",
"pata", "cholito", "che"), el uso de
apodos y diminutivos, las inclinaciones festivas, etc. constituyen
un sistema de objetos significantes , que marcan una cotidianidad
cultural. Es como si las sustancias democráticas de nuestra
cultura fueran algo tan latente como cuestionable de principios, regulaciones
y estructuras poco democráticos de la sociedad moderna.
Uno de los efectos del proceso democrático ha sido el de
democratizar la cultura e incluso las relaciones entre diferentes
culturas del país. Las mismas políticas estatales,
pasando por la gestión de las instituciones públicas
han venido operando el "desarrollo cultural" o "difusión
cultural"; en ésta ha adoptado formas más concretas
de democratización de los objetos y prácticas culturales.
Las políticas estatales, más que limitarse a la oferta
de productos de cultura, han apoyado y desarrollado procesos de
cultura que han ido generándose desde los distintos grupos
de la sociedad: las diferentes culturas, sus actores y expresiones
artísticas empiezan a participar de un sistema de relaciones
e intercambios, reconocimientos y eniquecimientos mutuos. Ya no
se trata únicamente de la adopción de temas y motivos
indígenas por parte de la plástica más elaborada
o de grupos de danza moderna, por ejemplo; sino que la misma cultura
burguesa comienza a practicarse en otros lugares, en las calles,
y los sectores populares empiezan a recrear sus propios espacios
e instituciones de cultura. El reconocimiento de las "diferencias
culturales" y del valor de cada una de ellas, es lo que puede
hacer posible la convivencia igualitaria de todas ellas, su continuo
y mutuo enriquecimiento.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, pp. 251.
Importante el término de democratización cultural
para entender el concepto de inter-culturalidad.
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| TEMA:
Crisis, posmodernidad y gobierno neoliberal 1984-1988
pp. 153-205
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Respecto al modelo neoliberal del gobierno 1984-1988, se
establece una distinción entre lo que ha sido su intento de
implementación y las condiciones históricas y estructurales
del país, que no sólo han impedido la realización
coherente de dicho modelo sino que han provocado distorsiones en su
aplicación. El neoliberalismo como proyecto socio-económico
es portador de un modelo cultural, cuyo pragmatismo reduce toda relación
y confrontación a una simple correlación de fuerzas;
por esta razón, la espontaneidad de ciertos flujos societales,
la eclosión de determinados discursos y prácticas, o
no son tenidos en cuenta o no serán explicados sino como formas
de terrorismo contra la misma sociedad, y por ello, toda amenaza al
orden neoliberal será tratada de anti-patria. Los intérpretes
del discurso neoliberal ya no enuncian los imperativos del nacionalismo
y del desarrollo, sino que prefieren la terminología de progreso
y modernidad de la que no tienen necesidad de definir el contenido
y las finalidades ("modernidad" no es más que el
constreñimiento de la más alta y generalizada extraversión
económica, según Beaudrillard); sólo los medios
merecen interés: qué grupos, qué medios, qué
tecnologías, qué concurrencias, qué alianzas.
El ideario neoliberal y sus intentos de aplicación encontraron
resistencias en una tradición de sociedad sin vértebras
neoliberales, donde el colectivo posee características e
identificaciones muy comunitarias, donde la solidaridad y el intercambio
todavía constituyen el tejido social más resistente,
donde el individualismo tiene raíces muy superficiales.
Las políticas culturales
El nuevo régimen se instala en 1984 con una explícita
voluntad política de gobernar el país como si fuera
una empresa. En los aparatos del Estado se observa una tácita
intención de romper con aquellos programas, líneas
de acción y sin organismos y oficinas que anteriormente habían
caracterizado una fase de innovaciones en la concepción y
gestión de cultura del país. Una evaluación
crítica de las políticas culturales se centra en:
a) el intento de privatización de la gestión cultural,
sobretodo en aquellos aspectos económicos y socialmente rentables;
b) un incremento de las ofertas culturales orientadas hacia aquellos
sectores de la sociedad , cuyas demandas se presentan más
cualificadas en términos del consumo de la cultura burguesa;
c) un desarrollo de infraestructuras culturales y cuya finalidad
en la creación de obras de prestigio ha poseido claros intereses
o réditos públicos.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp. |
| TEMA:
Crisis, posmodernidad y gobierno neoliberal 1984-1988
pp. 153-205
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Reacciones étnicas frente a las políticas
estatales
El discurso indígena se queda sin espacios formalizados
de diálogo con el Estado, no pudo desarrollar sus significantes
reivindicativos, ni radicalizar sus planteamientos originales; las
declaraciones siguieron girando en torno a los mismos enunciados.
Más aún, trató de nutrirse de sucesos ocasionales,
recogió demandas clasistas, se sumó a los movimientos
sociales, pero no profundizó las especificidades étnicas
y no elaboró nuevas propuestas al proyecto indígena
en el país. Este fenómeno no se debe sólo a
la falta de interlocuciones estatales, sino también a la
particular necesidad que tiene el discurso indígena de nutrirse
de nuevas "acumulaciones étnicas", del lento procesamiento
de su experiencia histórica más reciente para poder
articular nuevos significantes.
De todas formas, el sector indígena formula críticas
contra el gobierno desde una perspectiva muy étnica: a) crítica
a la política agraria del gobierno y en particular a su política
anti-indigenista que no sólo intenta suplantar la organización
indígena nacional creando otra paralela adicta al gobierno,
sino que formula, a través del Ministerio de Agricultura,
disolver la matriz sociocultural de la organización andina.
Gracias al recurso del Tribunal de Garantías Constitucionales
pudieron los dirigentes indígenas atajar por inconstitucional
tal proyecto. Por otro lado, b) los dirigentes de las organizaciones
indígenas reorientan sus planteamientos, demandas y negociaciones
hacia el Congreso Nacional. Se cursa una solicitud en 1987 de una
partida presupuestaria hacia la CONAIE y en el mismo año
se celebra un encuentro para discutir el asunto de las nacionalidades
indígenas y llegar a la elaboración de una "Ley
de protección de las nacionalidades indígenas".
Finalmente, c) los indígenas adoptan una posición
de rechazo ante la "celebración" del V centenario
del "descubrimiento" y "conquista" de América,
con una serie de programas tendientes a celebrar los "500 años
de resistencia india".
Cultura popular e identidades colectivas
Un fenómeno caracteriza este período: las crecientes
demandas culturales que se generan en los diferentes sectores de
la sociedad, pero que se presentan más innovadoras, más
amplias e insistentes en los grupos marginales populares. ¿Por
qué precisamente en un período de crisis, de mayor
inflación económica del país, de mayor hostigamiento
de un gobierno autoritario y antipopular se han incrementado las
demandas culturales?
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, pp. 251. |
| TEMA:
Crisis, posmodernidad y gobierno neoliberal 1984-1988
pp. 153-205
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En el caso de que se pudiera generalizar la hipótesis
de que las crisis sean factores de una aclaración de los procesos
culturales, sería necesario preguntarse en qué medida
son las características particulares de una crisis las que
de alguna manera condicionan determinadas formas culturales y/o más
bien contribuyen a la eclosión/cristalización de las
acumulaciones culturales que se desarrollan al interior de una formación
social. Estas diástoles culturales se expresan en los diferentes
niveles societales, burgueses, populares y étnicos, ya que
la crisis afecta a todos por igual. Pero tal activación cultural
parece más intensa en aquellos sectores que han desarrollado
una experiencia nueva de la cultura como un recurso significante de
existencia y de identificación colectivas. Es de su propia
cultura, de las particulares "formas socio-culturales" de
cada grupo o sector social que éstos generan una diversidad
de estrategias de reproducción social, económica y política.
La cultura popular
La cultura popular es la expresión más compleja de una
cierta resistencia al cambio bajo la forma de esa particular aculturación
impuesta por las élites de una sociedad. Dicha cultura popular
puede ser entendida como un "corpus" de creencias y prácticas
soterradas pero capaces de resurgir, hundidas en el tiempo pero prontas
a reactualizarse bajo las formas más diversas e inesperadas,
y que constituyen un conjunto de mecanismos defensivos y subversivos,
para enfrentarse a las formas mistificadoras de aculturación.
A la zaga de otros países latinoamericanos la problemática
de "lo popular" comienza a ser sociológicamente pensada
por la misma acción social en los años 70. La noción
de lo "popular" hace referencia a una caracterización
social muy particular de nuestras "formaciones socio-económicas"
latinoamericanas donde la categoría de clases se ha mostrado
insuficiente para explicar la heterogeneidad de sujetos sociales.
La conceptualización más rigurosa de lo popular hace
referencia al nivel económico-político de "determinados"
sectores sociales que no siendo antagónicos entre sí
se constituyen en aliados frente a las clases dominantes. En este
sentido muy preciso , "lo popular" no serían tanto
determinados sectores o grupos sociales empíricamente identificables
cuanto ese proceso de constitución definido por un sistema
de alianzas y antagonismos. Esta definición es operativa para
caracterizar las condiciones y formas que pueden adoptar esos procesos
sociales de constitución de "lo popular". Se puede
entender también el fenómeno en el campo cultural si
se considera que "lo popular" es un proceso y un particular
principio de organización social.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp.
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| TEMA:
Crisis, posmodernidad y gobierno neoliberal 1984-1988
pp. 153-205
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La comprensión de lo que es cultura popular en sus
expresiones tiene que establecerse no desde aquellos parámetros
que convencionalmente definen los objetos y manifestaciones de la
cultura, sino desde la misma constitución sociológica
de "lo popular". Lo popular es por sí mismo un fenómeno
cultural. La presencia de lo popular adquiere un carácter cultural
en el "resto" de la sociedad tanto por las demarcaciones
territoriales que visiblemente operan en nuestras ciudades (configurando
barrios, suburbios, conventillos) como por las diversas manifestaciones
a las que da lugar.
Aunque la cultura popular es diferente porque diferentes son los actores
sociales que la protagonizan, en cuanto "principio de organización",
contiene un modelo generalizable en el que la participación
colectiva y la amplia redistribución de los circuitos de intercambio
regulan la producción de sentidos y aseguran las identificaciones
del grupo. Por esto, y también por considerar inadecuado el
concepto de "subculturas" (ya que jamás ha existido
cultura alguna de segundo orden) ni sociedades más "cultas"
que otras, la "cultura popular" contiene un modelo de producción
de sentido dentro de la sociedad, reordena un reconocimiento de las
elaboraciones simbólicas, una mejor redistribución de
los bienes culturales. Hay en fin, otro aspecto de lo popular que
es importante y que nos aproxima a la cuestión de las identidades
colectivas: la inmediatez que en dicho espacio social posee la cultura
de la tradición sin la cual "careceríamos de la
tradición de la cultura" (Fuentes, 1984), ya que ambos
factores se corresponden dentro de un complejo proceso de acumulaciones
y sedimentaciones. Por ello "lo popular" se presenta como
el "grado cero" de la cultura donde las experiencias de
un grupo no se encuentran mediatizadas por objetos e instituciones
específicas y donde las identidades (culturales) se vuelven
más diáfanas. "Desde este referente social, el
más opuesto al de la idea de nación, se debería
plantear el problema de las identidades" para desideologizar
el hecho de que siga haciendo uso de lo nacional como principio de
las identidades sociales, su síntesis o precipitado final.
Lo "popular" no es exponente de la crisis ni tampoco un
residuo de determinadas formaciones sociales. Más allá
de las condiciones socioeconómicas de ciertos sectores "populares",
es una "forma cultural" de la sociedad y se presenta como
un principio particular de organización de significantes sociales
y como un factor de "nitideces sociales": visibiliza sectores
y procesos, relaciones, prácticas y discursos en sus significantes
más originales y auténticos.."
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp.
Las identidades no se construyen en función del concepto
de nación, sino a partir de la cultura popular como proceso
social.
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Crisis, posmodernidad y gobierno neoliberal 1984-1988
pp. 153-205
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De las identidades
Las políticas y reflexiones de la cultura han incurrido
en el malentendido de pensar la cultura en función de las
identidades colectivas (o nacionales), cuando en términos
analíticos hubieran debido orientarse en sentido inverso
o por lo menos combinar ambas referencias. Handelsman presenta este
problema cuando afirma que "el mayor obstáculo dentro
de la búsqueda de la identidad ha sido la noción misma
de la cultura". Ello hubiera ahorrado muchas frustraciones
gratuitas que se obcecaron en una respuesta "crisis" o
la "falta" de identidad de nuestros pueblos, al tratar
de definir ésta desde paradigmas conceptuales como los de
"nación" o "formación socio-económica",
que poco tienen que ver con los principios que constituyen y organizan
una identidad social o cultural.
"Recurriendo a las clásicas definiciones de identidad,
habría que referirse a esos criterios colectivos e indicios
individuales de la identificación de un grupo al sistema
de afinidades y vinculaciones o solidaridades primordiales o al
sentimiento de pertenencia de un grupo". El pensamiento de
las identidades colectivas parece haberse agotado en una fenomenología
de las adscripciones y de las diferencias socioculturales; en una
tensión simétrica que demarca una colectividad del
"nosotros" respecto de una desidentificación diferencial
con los "otros". Pero en esta línea se hace de
las identidades sociales un campo fluido que solo puede delimitarse
en base a determinaciones concretas y aun situacionales. La práctica
habitual del problema de las identidades se resuelve en base a un
parámetro de "distancias significantes" que es
el mismo que define las mismas definiciones culturales como "diferencias
de significación" entre pueblos o sociedades, grupos
y sectores sociales".
¿Qué significa la estrategia de identificaciones
siempre a disposición de cualquier grupo sociocultural? ¿Cómo
establecer los distintos niveles de identidad y cuáles son
los criterios y determinaciones más generales o más
particulares en las identificaciones colectivas? Un estudio de las
identidades colectivas de un país no puede partir de una
teoría general de las identificaciones de cada uno y de los
diferentes grupos y sectores sociales que lo componen, sino más
bien de una analítica de "estrategias de identificación"
o de los "procesos de identidad" que se manifiestan como
predominantes en un determinado momento histórico del país
y en correspondencia con aquellos procesos societales más
determinantes. "Sólo adoptando este criterio hermenéutico,
que implica una incorporación de los factores históricos
y sociológicos, podrá desarrollarse una concepción
mucho más dinámica de las "identidades"
colectivas.
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| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, 251 pp. |
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Crisis, posmodernidad y gobierno neoliberal 1984-1988
pp. 153-205
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El problema de las identidades sociales ya no se resuelve
en una inocua taxonomia descriptiva de identificaciones colectivas
que, de manera piramidal, comienzan por los "grupos básicos"
o las "afinidades" para remontarse a las identidades más
amplias, nacionales o latinoamericanas. Más allá del
efecto cultural de la crisis con su repliegue hacia una reorganización
de lo popular, hacia los "grupos básicos" de las
solidaridades e intercambios más seguros e inmediatos, es una
diversificación de las identidades colectivas las que parecen
reafirmarse con más fuerza; y también como una reacción
frente a ese otro proyecto societal de identidad ciudadana. Esto supone
resolver la falsa confrontación entre identidades colectivas
e identidad nacional, haciendo de ésta (de manera análoga
a la misma problemática de las "culturas nacionales"
correspondientes) no una especie de síntesis o recapitulación
abstractas de todas aquellas, sino más bien la "nacionalización"
de las diferentes identidades colectivas; el reconocimiento "nacional"
de cada una de ellas. El problema de las identidades de ninguna manera
puede ser planteado por una especie de acumulaciones o de estratificaciones
identitarias, nI mucho menos como un "juego de lealtades",
según el cual "se aceptan todas las identidades, pero
cada una a su nivel". Más allá de esta apreciación
descriptiva, las identidades colectivas suponen siempre un principio
organizador, una referencia a esos "significantes diferenciales"
propios de la cultura de todo grupo, a partir de la cual se regula
ese más o menos complejo sistema de adscripciones y alteridades
que caracterizan una identificación sociocultural.
Hay dos elementos que son importantes en la comprensión de
las identidades colectivas: a) uno se refiere al principio de que
es siempre la cuestión del "otro" la que aparece
como constitutiva de la identidad, es decir, que la identidad se define
relacionalmente desde el exterior, desde la posicionalidad de un "otro";
b) elemento complementario es que la identidad no se posee sino que
cualquier grupo es más bien poseído por su propia identidad
o identidades, las que operan y regulan el sistema de relaciones y
confrontaciomes diferenciales con otros grupos. En este sentido, será
importante vincular el problema de la "identidad" al concepto
de "diferencias significantes", como operador de las heterogeneidades
sociales, y comprender los comportamientos, procesos y estrategias
de identidad de las relaciones de diferenciación y contraposición
que existen entre sociedades o grupos humanos, entre sectores y clases
sociales, y por consiguiente, dentro de las mismas dinámicas
de conflicto y aun de la "lucha de clases". |
| SANCHEZ PARGA, José. ACTORES Y DISCURSOS CULTURALES, 1972-1988.
CAAP, Quito, 1988, pp. 251. |
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