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| RESUMEN:
Se realiza una aproximación de las posibles dimensiones
de la relación entre política y cultura en la construcción
democrática. El eje del discurso se centra en la reflexión
en torno a tres posibilidades de entender esta relación:
a) la cultura como extremadamente politizada (figura del intelectual
"comprometido", b) la cultura como elemento neutro o apolítico
(figura del intelectual "puro", y d) la propuesta de una
"política de la cultura" (figura del intelectual
mediador).
La "política de la cultura", se plantea como la
posibilidad adecuada para promocionar valores y principios sin los
cuales la democracia no podría sobrevivir: el diálogo,
la moderación, la persuación y la tolerancia.
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| TEMA:
La democracia como punto de referencia
pp. 167-170
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La caída del Muro de Berlín, la guerra del
Golfo Pérsico, las repercusiones de la reunificación
alemana y la disgregación del imperio soviético, no
sólo marcaron el final del comunismo histórico -entendido
como un particular régimen político basado en una ideología
que pretendía la emancipación humana-, sino que inauguraron
una serie de tensiones económicas, políticas, sociales
y culturales que han alterado los equilibrios tradicionales sobre
los que se había cimentado el conjunto heterogéneo de
las democracias occidentales. Nos enfrentamos a un horizonte en el
que la democracia reina como la "mejor forma de gobierno".
En efecto, es posible sostener que, muerto el antagonismo histórico
que existió entre capitalismo y comunismo, los desequilibrios
que han aparecido en la escena mundial constituyen los nuevos desafíos
a los que habrá que dar respuesta al calor de las transformaciones
producidas en diversos ámbitos: etnia-nación, público-privado,
medio ambiente-desarrollo sustentable y ética-política,
entre otros. En este contexto, una de las tensiones más importantes
es "el choque entre civilizaciones" que se sintetiza en
la afirmación de que la política mundial está
entrando en una fase inédita en la cual las grandes divisiones
que caracterizan a la humanidad en términos de religión,
historia, lengua y tradición, han aumentado en profundidad
y en importancia y que por esta razón el conflicto social en
el futuro será sobretodo de tipo cultural. Los grandes desafíos
que deberá enfrentar la moderna convivencia civil, en un ambiente
de continuas fragmentaciones y de "conflictos entre culturas"
solo podrán ser resueltos si se reconoce que la democracia
continúa. Desde los años 80 se aceleró un proceso
de convergencia entre las diferentes formas de organización
política hacia una "cultura de la democracia" que
asume como irrenunciables tanto los principios de la libertad entre
individuos como iguales derechos como el método de la convivencia
civil y tolerante. La fractura del "socialismo real" colocó
en una situación de "soledad normativa" al régimen
democrático el cual -con sus limitaciones e imperfecciones-
resulta hoy por hoy la única opción para que el pluralismo
se pueda desplegar en todos los órdenes. Un tema fundamental
para el análisis del futuro de la democracia es el referido
a las relaciones posibles entre política y cultura que se coloca
como una tensión clave cuyas soluciones dependen de la construcción
de la calidad democrática. En los equilibrios que sostiene
el sistema democrático encontramos dos posibilidades: a) una
situación "totalizante" que casi siempre ha estado
acompañada por una cultura extremadamente politizada (figura
del intelectual "comprometido), y b) la existencia de una cultura
pretendidamente neutra o apolítica (figura del intelectual
"puro"). La propuesta para superar estos extremos es la
elaboración de una "política de la cultura",
a través de la cual es posible la promoción de algunos
de los valores y principios sin los cuales la democracia no podría
sobrevivir: el diálogo, la moderación, la persuasión
y la tolerancia.
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| & BACA OLAMENDI, Laura. EL DIALOGO DEMOCRATICO Y LA POLITICA
DE LA CULTURA. Ecuador Debate N° 39, CAAP, Quito, 1996, pp. 167-174. |
| TEMA:
Libertad de la cultura y pensamiento laico
pp. 170-172
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El término "política de la cultura"
surgió a mediados de los años 50 a la luz de un intercambio
de ideas que vio como protagonistas a distintos intelectuales italianos
como Norberto Bobbio, Bianchi Bandinelli, etc. quienes, por un lado
discutieron el rol y los deberes de los intelectuales y, por otro,
analizaron la relación que existe entre la libertad y la democracia.
La "política de la democracia" fue considerada como
aquella política que es llevada a cabo por el intelectual desde
la cultura para defender los valores democráticos, más
allá del ámbito de la política, a través
del establecimiento del coloquio. Hacer referencia al diálogo
significa reconocerle un papel privilegiado para convocar a los diferentes
intelectuales en un intento por meter en discusión los diferentes
proyectos políticos. La política de la cultura, constituye
una propuesta de máxima apertura: denuncia la "política
cerrada" y lucha para realizar las condiciones necesarias para
la "libertad de la cultura".
De la "política de la cultura" deriva el "intelectual
mediador" que representa a aquellos hombres de razón
que consideran que el deber del intelectual no es establecer compromisos
totales con ninguna ideología o estrategia política,
sino que su principal compromiso consiste en defender los principios
de la cultura que son, también, los principios de la convivencia
civil.
Otra temática de debate estuvo referida a la función
de la cultura en la democracia. La cultura se encuentra fuertemente
ligada a las concepciones del mundo que sostienen determinados grupos
en épocas históricas precisas. Bobbio afirma que la
cultura tiene un significado muy particular que resalta principalmente
su tarea crítica "como examinadora de dudas y como ejercicio
constante de la razón en defensa de la libertad". Las
ideas de forman y se transforman porque son un reflejo de la sociedad,
la cual necesita siempre de la libertad y de la democracia para
poder crecer y desarrollarse. En este sentido, llama la atención
sobre la distinción entre cultura y política. La primera
"se ocupa de observar, conocer y ser consciente de los problemas";
la segunda se ocupa "del hacer y del operar en la sociedad".
Ambas poseen lógicas distintas. Pero, según Bobbio,
"la cultura y la política no son incompatibles: depende
de la política que se hace. Es incompatible la vida y el
progreso de la cultura con un Estado autocrático. En cambio
no es incompatible con una política liberadora o democrática".
En este sentido, el mundo de la cultura tiene exigencias, obligaciones
y poderes de naturaleza política, que hacen posible que la
cultura pueda ser considerada como un hecho político en sí
mismo. Por otro lado, la cultura que no tiene ningún vínculo
con la realidad social -porque es incomunicable- representa un tipo
de cultura apolítica o pura.
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| BACA OLAMENDI, Laura. EL DIALOGO DEMOCRATICO Y LA POLITICA DE LA
CULTURA. Ecuador Debate N° 39, CAAP, Quito, 1996, pp. 167-174.
La cultura es vista desde el ámbito de los "valores".
Tema susceptible de cuestiona-mientos en tanto convoca la referencia
a "valores" construidos desde la sociedad occidental.
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| TEMA:
La política de la cultura como mediación
pp. 172-174
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Las diferentes posiciones de un diálogo que reflejaba
las tensiones de un mundo dividido en bloques también estuvieron
referidas a la distinción de las diversas "figuras del
intelectual" que se derivaron de su relación con el poder:
el intelectual politizado, el intelectual puro y, finalmente, el intelectual
mediador o filósofo militante, las cuales encarnan además
una precisa responsabilidad en relación con el ejercicio del
"espíritu crítico". El examen de las actitudes
que pueden asumir los intelectuales debe tomar como punto de partida
cuál ha sido su relación con el poder y en especial
con la política. Para los intelectuales mediadores lo importante
es ejercitar un espíritu de imparcialidad que, sin confundirlo
con la neutralidad o el servilismo, pueda promover la libertad de
la cultura. A partir de este presupuesto queda claro que también
los hombres de cultura expresan las necesidades y los ideales de su
tiempo y por esta razón es importante tratar de distinguir
cuáles son las características de cada uno de ellos.
El intelectual revolucionario no estableció ningún límite
a su compromiso político ya que en algunas ocasiones defendió
la "politicidad" o particidad de la cultura, propugnando
por una cultura de partido que se contraponía frontalmente
a una cultura sin compromiso con las causas revolucionarias. El intelectual
puro o apolítico se niega a establecer cualquier vínculo
con la política encerrándose en su "torre de marfil".
Como alternativa a estas dos figuras el intelectual mediador afirma
que si bien tiene un compromiso político , éste no es
con los partidos o con el "Príncipe" sino con las
causas civiles. Esta figura representaría al intelectual que
propugna la democracia porque de frente a la falta de disponibilidad
para entender las razones del otro, propone el establecimiento del
"coloquio" sobre la base de asumir que la batalla por el
diálogo es una batalla política por la democracia.
La promoción del diálogo y el mantenimiento del espíritu
crítico son, pues, dos condiciones básicas que caracterizan
a la cultura democrática. Es importante mencionar que la
singularidad de estas figuras no es privativa de otras latitudes
sino que también en la historia latinoamericana reciente
podemos encontrar hombres de cultura que han adoptado actitudes
similares. La pregunta más importante que podríamos
formularnos en el actual contexto de crisis y transición,
sería la relativa al tipo de función que los intelectuales
podrían desempeñar cuando los esquemas tradicionales
no sirven más para resolver los problemas de la convivencia
civil y cuando el único recurso posible de frente a la violencia
lo constituye el ejercicio del diálogo entre posiciones contrapuestas.
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| BACA OLAMENDI, Laura. EL DIALOGO DEMOCRATICO Y LA POLITICA DE LA
CULTURA. Ecuador Debate N° 39, CAAP, Quito, 1996, pp. 167-174.
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